
ALTO RIESGO DE COMBUSTIÓN
Cuando saltan chispas entre dos polos opuestos, el fuego es inevitable
by Bola Ocho Ediciones
Vera Collins necesita salvar su prestigio profesional a toda costa tras la pérdida de su cliente más importante. Su billete de vuelta al éxito parece sencillo: desplazarse a un tranquilo pueblo del estado de Nueva York para organizar una campaña benéfica y fotografiar a doce bomberos para un calendario solidario. Sin embargo, no contaba con toparse con Logan Bennett. Logan es un bombero veterano, firme y profundamente escéptico. Considera que comercializar su labor con poses ligeras es una falta de respeto hacia un servicio que debería sostenerse con fondos públicos. Cuando sus compañeros lo eligen para ocupar la portada y queda asignado como enlace directo con Vera, la convivencia forzada desata una batalla constante de desplantes, pullas afiladas y una apuesta para arrancarle una sonrisa sincera. Entre sesiones fotográficas y confesiones compartidas al caer la noche, la hostilidad inicial muta en una atracción abrasadora. Pero cuando la campaña se hace viral con un enfoque frívolo que desvirtúa su trabajo, la frágil complicidad entre ambos amenaza con venirse abajo. ¿Podrán apagar los malentendidos antes de que sus sentimientos ardan por completo?
- Romance
- Contemporary Romance
- Romantic Comedy
- Enemies to Lovers
- Small Town Romance
Café para llevar y un imbécil de regalo — Vera
El cartel de bienvenida a la localidad se alzaba junto a una avenida comercial flanqueada por viejos robles y concesionarios locales. Cuatro horas al volante desde Manhattan, esquivando baches en una furgoneta de alquiler que vibraba como una lavadora en pleno centrifugado, habían reducido mi paciencia a una fina lámina de hojalata. Me dolían las lumbares de cargar con dos trípodes de acero y tres maletas rígidas de focos en el maletero. Si perdía esta cuenta, si la campaña del calendario salía mal, mi cuenta bancaria entraría en una fase crítica de la que ni un milagro financiero podría rescatarme. Tras la fuga del cliente de cosméticos el mes pasado, mi estudio dependía de que doce bomberos de esta pequeña urbe de unos treinta mil habitantes —a medio camino entre el ajetreo urbano y el chismorreo de pueblo— posasen con soltura y que el resultado pareciese profesional.
Aparqué frente a la plaza principal, justo delante de un local que lucía un toldo a rayas desgastadas y un letrero de madera: Café & Granos. Necesitaba cafeína antes de presentarme en el cuartel. Sin un café solo doble, no garantizaba poder sonreír a las autoridades locales ni fingir que me entusiasmaba pasar las próximas semanas lejos del asfalto.
La campanilla de latón sobre la puerta tintineó cuando empujé la hoja de madera. El olor a tueste oscuro y a bollos de canela recién horneados me dio una tregua momentánea. La cafetería era estrecha, con mesas de formica marrón y un par de vecinos mayores hojeando el periódico local en una esquina. Detrás del mostrador, una mujer de mediana edad con un delantal verde limpiaba la lanza de vapor de la cafetera exprés.
—Buenos días —dijo ella, levantando la vista con una sonrisa tranquila—. ¿Qué le pongo?
—Un café solo doble para llevar, por favor. Bien caliente —pedí, sacando la cartera del bolso cruzado a toda prisa—. Y si tiene un vaso con tapa hermética que de verdad funcione, le pago el doble.
La mujer soltó una risita suave mientras encajaba el portafiltros en la máquina.
—Aquí las tapas no fallan, señorita. No corre prisa.
—A mí sí —murmuré, mirando el reloj de pulsera. Me quedaban veinte minutos para la reunión con el capitán del parque.
Mientras esperaba, el móvil empezó a vibrar en el bolsillo de mi chaqueta. Era Sophie. Descolgué con el codo pegado a la oreja para no soltar la cartera.
—Dime que ya estás allí y que el aire puro no te ha dado urticaria —soltó mi amiga al otro lado de la línea, con el ruido de fondo del metro neoyorquino.
—He llegado entera, pero este sitio tiene una escala peculiar: unas treinta mil almas, suficiente asfalto para parecer una ciudad, pero con esa atmósfera de pueblo donde todos saben a qué hora vas al baño —respondí en voz baja, vigilando el chorro oscuro que caía en el vaso de cartón—. Tengo el tiempo justo. Si el capitán resulta ser un burócrata intratable, voy a necesitar que me envíes refuerzos morales por mensajería urgente.
—Relájate, Vera. Son bomberos, no modelos de pasarela con ínfulas. Les pones un fondo neutro, les dices que miren al horizonte como si rescatasen a un gato y tienes la mitad del trabajo hecho. Te saldrá bien.
—Eso espero, porque si no convenzo al pueblo de que compren esto, tendré que volver a hacer fotos de bodas en Staten Island, y sabes que prefiero quemar mis cámaras.
—Venga, coge tu café y respira. Llámame cuando salgas del cuartel.
Colgué justo cuando la camarera dejaba el vaso humeante sobre la barra de madera, con una tapa de plástico blanco encajada a presión.
—Aquí tiene. Tenga cuidado, que quema.
—Muchas gracias —dije. Dejé un billete en el platillo de las propinas, agarré el vaso por la faja de cartón rugoso y me di la vuelta con paso rápido hacia la salida, guardándome el teléfono en el bolsillo con la otra mano.
Fue una fracción de segundo. La puerta de la calle se abrió de golpe hacia dentro. Una figura alta, ancha de hombros y enfundada en una camiseta gris oscura cruzó el umbral en sentido contrario. Yo iba mirando la pantalla del móvil para confirmar la dirección del cuartel. Él entraba con la seguridad de quien es dueño de cada baldosa del local. El choque fue inevitable.
El impacto de mi hombro contra su pecho fue seco, como tropezar contra el marco de una puerta de roble. El vaso se me escurrió de los dedos. El plástico de la tapa, pese a las promesas de la camarera, cedió bajo la presión repentina y un chorro espeso y negro salió despedido, trazando una parábola limpia antes de aterrizar en pleno centro de la camiseta gris del recién llegado.
Me quedé congelada, con los dedos todavía en el aire, sosteniendo la nada.
El líquido humeante empapó el algodón, extendiéndose en una mancha oscura y grotesca desde el esternón hacia el abdomen. El hombre soltó un bufido ronco, dio un paso atrás y se miró el pecho con una mezcla de sorpresa y profundo hastío. Llevaba el pelo castaño corto, revuelto por el viento de fuera, y una mandíbula cuadrada que en ese instante se tensó de tal forma que se le marcaron los tendones del cuello.
—Vaya —dijo él, levantando la mirada despacio. Tenía unos ojos castaños claros, afilados, que me recorrieron de arriba abajo sin la menor pizca de simpatía—. Veo que la coordinación motriz no venía incluida en tu viaje.
La disculpa sincera que estaba a punto de brotar de mis labios se marchitó en el acto. Fruncí el ceño, recuperando el aplomo a base de pura indignación defensiva.
—Iba a pedirte perdón —repliqué, plantándole cara pese a que me sacaba más de una cabeza de altura—, pero veo que los modales tampoco venían en tu desayuno. Has entrado como una apisonadora.
—¿Yo? —El tipo enarcó una ceja, con un tono burlón y exasperante—. Estabas mirando una pantalla brillante en lugar de mirar por dónde caminan tus pies en una puerta de metro y medio de ancho. Eso no es entrar como una apisonadora, forastera. Eso es chocar contra un obstáculo visible a plena luz del día.
—No soy una forastera, estoy trabajando. Y la puerta se empuja despacio, por si alguien va a salir. Es una norma básica de convivencia urbana, aunque supongo que aquí contáis con que el ganado os ceda el paso en las esquinas.
El hombre dejó escapar una risa seca, carente de cualquier atisbo de diversión real. Se despegó la tela caliente de la piel con dos dedos, haciendo una mueca cuando el calor del café le traspasó la ropa.
—El ganado tiene mejor visión periférica que tú, te lo aseguro. Y ahora tengo medio litro de café de tueste oscuro pegado a la tripa porque alguien tenía demasiada prisa por volver a mirar su teléfono.
Detrás de la barra, la camarera nos observaba con los ojos muy abiertos, con un trapo amarillo paralizado entre las manos.
—Logan, hijo, déjalo estar —intervino ella, temerosa de que aquello pasara a mayores—. Te pongo otra camiseta del almacén si quieres, o te saco un trapo húmedo.
—No te preocupes, Martha —respondió él sin apartar sus ojos de los míos—. Parece que la señorita de la gran ciudad tiene una agenda muy apretada y no puede perder el tiempo admitiendo que es un peligro público andante.
—¿Peligro público? —repetí, sintiendo cómo se me encendían las mejillas de pura rabia—. Has sido tú quien ha irrumpido como si este sitio fuera tu garaje privado. Si te molesta mancharte, haber mirado antes de invadir el espacio personal de los demás. Que tengas hombros de leñador no te da prioridad de paso.
—¿Hombros de leñador? —Logan sonrió con una suficiencia que me dieron ganas de estamparle el vaso vacío, que aún rodaba tristemente por el suelo—. Gracias por el cumplido, pero prefiero conservarlos limpios. Además, en las citas suelo caerle bien a la otra persona antes de que intente escaldarme viva.
Me crucé de brazos, desafiante.
—Esto no será una cita ni en tus mejores sueños, créeme. No salgo con hombres que confunden la arrogancia con el carisma.
—Qué alivio. Por un segundo temí que quisieras invitarme a cenar para compensar la factura de la lavandería.
—No te pagaría ni el suavizante —solté entre dientes, agachándome con rapidez para recoger el vaso aplastado del suelo y tirarlo a la papelera metálica junto a la entrada—. Y para tu información, el café lo he pagado yo y se ha desperdiciado por completo. Así que los dos hemos perdido.
—La diferencia —dijo él, señalándose la mancha enorme que ya empezaba a enfriarse sobre su torso firme— es que tú solo has perdido dos dólares con cincuenta. Yo tengo que pasarme la mañana oliendo a café recalentado y aguantando a gente que cree que el mundo entero debe apartarse cuando ellos caminan.
—Podrías empezar por apartarte tú ahora mismo. Tengo una reunión importante y llego tarde por tu culpa.
Logan dio medio paso a un lado, haciendo una reverencia exagerada y teatral con una mano, despejando la salida con una burla tan evidente que me hizo apretar las mandíbulas hasta que me crujieron los dientes.
—Faltaría más. Pase usted, señorita Prisas. No querría ser responsable de que el universo deje de girar porque no has llegado a tiempo a tu cita con el destino.
—Eres insoportable —le espeté al pasar a su lado, rozando deliberadamente su brazo con la manga de mi chaqueta impermeable.
—Y tú eres un encanto. Espero de corazón que no vuelvas a cruzarte en mi camino en lo que te quede de estancia por aquí.
—En eso coincidimos plenamente —respondí, empujando la puerta de cristal con fuerza hacia la calle—. Ojalá no tenga que volver a ver tu cara en mi vida.
Salí a la acera sintiendo el golpe del aire fresco de la mañana en el rostro, pero ni siquiera el viento otoñal logró bajarme la temperatura. Me temblaban las manos por la descarga de adrenalina. Menudo imbécil. Menudo tipo engreído, prepotente y pagado de sí mismo. En diez minutos en este híbrido de ciudad y pueblo ya me había topado con el espécimen más irritante de todo el condado.
Caminé a zancadas hacia la furgoneta, subí al asiento del conductor de un salto y cerré la puerta de un golpe seco. Miré el reloj del salpicadero: me quedaban doce minutos. No tenía café, tenía los nervios desquiciados y una punzada de ansiedad en el estómago por el proyecto que estaba a punto de empezar. Respiré hondo dos veces, me coloqué el pelo detrás de las orejas frente al espejo retrovisor y encendí el motor.
El calendario benéfico iba a salir adelante costara lo que costara. Iba a demostrarle al comité, a los patrocinadores y a quien hiciera falta que era una profesional impecable. Y, por suerte, en una ciudad de treinta mil habitantes con varias avenidas y cafeterías de sobra, bastaba con no volver a pisar ese local del centro para no tener que cruzarme jamás con aquel individuo de camiseta gris manchada. Puse la marcha, salí del bordillo con un chirrido leve de neumáticos y me dirigí hacia la estación de bomberos, decidida a dejar aquel encontronazo ridículo atrás.
Bienvenida al infierno — Vera
El edificio del parque de bomberos ocupaba una esquina amplia de ladrillo rojo, con tres portones metálicos pintados de un bermellón brillante que desafiaba el cielo plomizo de la mañana. Aparqué la furgoneta en la zona lateral reservada para visitas, apagué el motor y me quedé un momento inmóvil, apoyando la frente contra el plástico duro del vola…

