Porrazo al corazón

Porrazo al corazón

Cuando el deber y la barricada chocan, el amor prende la mecha

by Bola Ocho Ediciones

30 chapterses-ES

Hugo vive atado a las órdenes, la porra y la disciplina de la Unidad de Intervención Policial. En el asfalto de Madrid no hay espacio para la duda: solo formación, contención y vuelta a la furgoneta. Por su parte, Candela es puro torbellino, manzanilla en flor y activismo de trinchera al frente de su herbolario en pleno barrio de Lavapiés. Todo salta por los aires en mitad de una protesta en la Puerta del Sol. Un resbalón fortuito, un bote de pintura vegana morada derramado sobre las botas reglamentarias de Hugo y un cruce de miradas cargado de reproches que enciende una chispa incontrolable. Lo que empieza como una tregua secreta y carnal entre dos polos opuestos pronto amenaza con devorar sus principios. Sin embargo, la realidad no entiende de pactos de alcoba. Cuando se dicta la orden de desalojo para el centro social que Candela defiende con uñas y dientes, la unidad de Hugo es enviada a primera línea de fuego. Entre adoquines, sirenas y gases lacrimógenos, ambos deberán elegir si proteger sus uniformes ideológicos o arriesgarlo todo por el porrazo más demoledor de sus vidas.

  • Romance
  • Enemies to Lovers
  • Romantic Comedy
  • Contemporary Romance

Foto fija del uniforme

El chaleco antibalas me pesaba doce kilos y la paciencia bastante menos. Plantado como una torre frente a la Real Casa de Correos, notaba el sudor deslizándoseme por la espalda bajo la disciplina habitual. Mi pelotón mantenía una línea impecable en mitad de la Puerta del Sol. A mi alrededor reinaba el jaleo habitual de los sábados, pero yo disfrutaba de esa soledad calculada donde cada músculo respondía a una orden y la vida no admitía imprevistos.

Veinte minutos después, una marea multicolor de manifestantes desembocó en la plaza con silbatos, panderetas y un entusiasmo bastante agotador. Apreté la mandíbula detrás de la visera del casco. Detestaba el bullicio, los lemas rimados y la nula simetría con la que sostenían las pancartas. Mantuve el escudo antidisturbios bien firme a la altura reglamentaria, esperando la orden habitual por el auricular.

Para mí, todo aquello no era más que un bloque homogéneo y ruidoso, una masa compacta de consignas, cartones mal recortados y banderas de colores que amenazaban con invadir el perímetro. No distinguía caras ni me interesaba hacerlo. En la UIP aprendes a mirar patrones de movimiento y puntos de presión, no fisionomías. Cuanto menos personal sea el asunto, más fácil resulta aguantar el turno sin que te hierva la sangre.

La marea avanzaba al ritmo de batucadas improvisadas y silbatos desafinados. Desde mi puesto, el cordón se mantenía infranqueable, una hilera de cascos y policarbonato que imponía respeto. O eso creía yo, porque a unos metros de distancia una chica menuda se descolgó de la marcha con total tranquilidad, esquivando mochilas y pancartas como quien pasea un domingo por el Rastro.

Llevaba una sudadera amarilla chillona que casi hacía daño a la vista, unos vaqueros deshilachados y una margarita enorme en la mano derecha. Miró a lo largo de nuestra formación, balanceando la cabeza como indecisa, descartando compañeros al azar hasta que clavó sus ojos castaños en mí. No hubo duda en su gesto; me eligió a mí entre diez agentes exactamente idénticos.

Dio unos pasos decididos hacia la línea policial, saltándose cualquier distancia prudencial. Se detuvo a escasos centímetros de mi escudo, levantó la barbilla y me sostuvo la mirada a través de la visera oscura.

—Toma, anda, que se te va a agriar el carácter con tanta seriedad —dijo con una sonrisa traviesa y luminosa.

Con un descaro absoluto, deslizó el tallo de la margarita por la ranura superior del escudo antidisturbios, dejándola plantada frente a mi pecho.

Me quedé completamente descolocado. Bajé la vista hacia los pétalos blancos y luego volví a mirarla. Por primera vez en toda la tarde, la masa informe se disolvió en un instante y vi a una persona de carne y hueso: unos rizos castaños rebeldes, pecas salpicadas en la nariz y una mancha de pintura morada en la mejilla que resaltaba su risa descarada. Detrás de ella, las pancartas y los cánticos cobraron de golpe rostros individuales: chavales jóvenes, señoras mayores y familias enteras con sus propias vidas.

—Prohibido depositar objetos en el material reglamentario —mascullé con voz grave, aunque el tono sonó bastante menos autoritario de lo que pretendía.

—Uy, perdón, señor agente, no quería atentar contra la seguridad del Estado con botánica peligrosa —replicó ella guiñándome un ojo, divertida ante mi rigidez, antes de retroceder un paso.

A través de la visera, la electricidad entre los dos se volvió casi tangible. Apreté los guantes sobre el escudo, con la flor aún balanceándose en el borde y el pulso disparado, intuyendo que mi ordenado y predecible mundo acababa de recibir un golpe directo.

Banderas, porras y pachuli

La Puerta del Sol retumbaba como el interior de un tambor gigante. El rumor de los cánticos, las consignas coreadas a voz en grito y el eco metálico de las vallas formaban una marea sonora que a mí me llenaba el pecho de energía pura. Me encantaba ese bullicio ciudadano, esa sensación de que Madrid estaba despierta y viva, aunque a veces la física …

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