Coordina equipos docentes

Coordina equipos docentes

Guía práctica de liderazgo pedagógico, colaboración real y gestión de equipos en centros educativos

by Cristian González Delgado

20 chapterses-ES

¿Coordinas un departamento, ciclo o proyecto docente y sientes que todo recae sobre tus hombros? Coordinar un equipo docente no consiste en ser la persona más capaz de la sala, sino en lograr que talentos diversos colaboren hacia un propósito común. Muchos docentes asumimos cargos de coordinación sin un manual claro, enfrentándose a la soledad del despacho, reuniones interminables sin acuerdos y la difícil tarea de impulsar cambios sin caer en el desgaste. Este libro está hecho pensado para que sea tu brujula en tu coordinación. A través de veinte capítulos pragmáticos y directos, Cristian González Delgado desmonta mitos, transforma creencias limitantes en acciones a seguir y ofrece herramientas inmediatamente aplicables: para leer el contexto, para diseñar reuniones eficaces y sostener conversaciones difíciles, hasta gestionar el poder informal, utilizar datos formativos con criterio y delegar resultados en lugar de microgestionar tareas. Lejos de recetas teóricas vacías, encontrarás estrategias reales para cuidar al profesorado, optimizar procesos y construir un equipo autónomo que funcione con solidez. Una lectura recomendada para quienes buscan transformar su centro educativo sin perder la ilusión ni la salud en el intento.

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La persona más capaz de la sala

### La primera reunión

Te voy a contar cómo empezó todo.

Mi primera reunión general como coordinador. Sala de profesores, final de la tarde, esa luz de fluorescente que no favorece a nadie. Yo llegué diez minutos antes, que es lo que hacemos los inseguros cuando queremos parecer organizados.

Coloqué las sillas. Repasé mi guion. Lo volví a repasar.

Y entonces empezaron a entrar.

Entró gente que llevaba dando clase más años de los que yo llevaba vivo laboralmente. Entró una compañera con dos titulaciones más que yo. Entró el que conocía cada rincón del centro, cada norma no escrita, cada historia de por qué las cosas se hacen así «desde siempre». Entró el que había visto pasar a varios coordinadores antes que a mí, con esa cara de «a ver cuánto dura este». [[revisar: describe a las personas reales de tu primera reunión — sin nombres si no quieres, pero con detalles verdaderos; esta galería es inventada]]

Y luego estaba yo, con mi guion repasado dos veces.

Que conste que nadie me miraba mal. Esto es importante y tardé en darme cuenta: la hostilidad estaba solo en mi cabeza. La gente entraba, saludaba, comentaba sus cosas; alguien preguntó si aquello iba para largo porque tenía que recoger a los críos. Un martes cualquiera para todos.

Para todos menos para mí.

No recuerdo gran cosa de lo que dije en aquella reunión, pero recuerdo perfectamente lo que pensé. Fue una pregunta, y me la hice mientras hablaba, en paralelo, como cuando tienes dos pestañas abiertas en el navegador:

«¿Quién soy yo para coordinar a estas personas?»

No era una pregunta retórica. Era una pregunta de verdad, de las que aprietan. Delante de mí había profesionales que sabían más que yo de casi todo: de su materia, del centro, del alumnado, de la vida. Y yo era, oficialmente, el responsable de coordinarlos.

Esa sensación tiene nombre, por cierto, y conocerlo ayuda. En psicología se llama síndrome del impostor: la convicción íntima de que no mereces el puesto que ocupas, de que tus logros son cuestión de suerte o de un error administrativo, y de que en cualquier momento alguien se dará cuenta y te señalará con el dedo. No es una enfermedad ni una rareza: es un fenómeno descrito en los años setenta por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, y tremendamente común en personas competentes que estrenan responsabilidad. Fíjate en el matiz, porque es la mejor noticia del capítulo: aparece sobre todo en gente competente. Los verdaderos impostores rara vez se sienten impostores; suelen dormir estupendamente.

Así que si ahora mismo estás en una situación parecida —acabas de asumir una jefatura de departamento, una coordinación de ciclo, de etapa o de proyecto— y esa pregunta también te visita, probablemente a las tres de la mañana, que es su horario favorito, apunta esto: sentirte impostor no es una señal de que lo seas. Suele ser la señal de que te importa hacerlo bien.

La pregunta es normal. Lo que probablemente no es correcta es la respuesta que te estás dando. Y este capítulo va exactamente de eso.

### La trampa de tener que saber más que todos

Cuando uno se hace la pregunta «¿quién soy yo para coordinar a estas personas?», suele responderse con una creencia que parece de sentido común:

«Para coordinar a profesionales competentes tengo que demostrar que sé más que ellos.»

Fíjate bien en la frase, porque es una trampa con lacito.

Parece razonable. Al fin y al cabo, ¿no debería el entrenador saber más que los jugadores? ¿No debería el jefe de cocina cocinar mejor que nadie? Pues... no exactamente. Y en un equipo docente, todavía menos.

Piensa en lo que implica esa creencia. Si mi legitimidad depende de saber más que todos, entonces cada conversación es un examen, cada pregunta que no sé responder es una amenaza y cada compañero brillante es, en el fondo, un problema. Mi trabajo ya no consiste en coordinar: consiste en no ser pillado.

Vivir así agota. Te lo digo por experiencia.

Durante mis primeras semanas en el cargo me sorprendí a mí mismo haciendo cosas absurdas. Preparaba las reuniones como quien prepara una oposición. Si alguien mencionaba una normativa que yo no controlaba, me la estudiaba esa noche, no fuera a ser que al día siguiente me preguntaran. Opinaba de temas en los que no tenía nada que aportar, solo para que se notara que estaba al día. [[revisar: ¿qué hacías tú realmente para compensar? Sustituye o confirma estos ejemplos]]

El resultado no fue bueno para nadie: yo dormía peor y el equipo no funcionaba mejor.

Hubo un momento concreto en que la trampa se me hizo visible. [[revisar: anécdota inventada — sustituye por una situación real en la que no supiste responder algo delante del equipo]] Una compañera me preguntó en una reunión por un detalle de gestión que yo no controlaba, de esos con normativa, plazos y siglas. Noté el calor subiendo por el cuello y tenía dos opciones sobre la mesa. Opción A: improvisar una respuesta con cara de seguridad y rezar para que colara. Opción B: decir «pues no lo sé, lo miro y mañana te digo algo».

Elegí la B casi por accidente, porque no me dio tiempo a inventarme nada creíble. Y pasó una cosa curiosa: no pasó nada. Nadie se levantó indignado, nadie pidió mi dimisión. La compañera dijo «vale, gracias» y la reunión siguió. Al día siguiente le llevé la respuesta, correcta y contrastada, y aquello sumó más que cualquier improvisación brillante.

Aquel día aprendí algo que luego he confirmado mil veces: un «no lo sé, lo averiguo» dicho a tiempo construye más autoridad que diez respuestas rápidas, porque comunica algo muy valioso: que conmigo la información va a ser fiable, aunque tarde un día más.

La creencia de «tengo que saber más que todos» no solo es falsa. Es que además te empuja justo hacia lo contrario de lo que necesitas: te empuja a fingir. Y la gente detecta a un coordinador que finge igual que nuestros alumnos detectan a un profesor que no se ha preparado la clase. En unos ocho segundos, siendo generosos.

Porque aquí viene la tesis de este capítulo, y del libro entero. Apúntala donde quieras, pero apúntala:

Coordinar no consiste en ser la persona más capaz de la sala. Consiste en conseguir que capacidades diferentes contribuyan a un propósito común.

Léelo otra vez, sin prisa.

Tu equipo no necesita que seas el que más sabe de todo. Eso, además de imposible, es innecesario: ya tienes en la sala a gente que sabe muchísimo de muchas cosas. Lo que tu equipo necesita es que alguien se ocupe de que todo ese conocimiento no se quede en cajones separados. Que las piezas encajen. Que quien sabe de evaluación, quien sabe de convivencia y quien lleva veinte años entendiendo a las familias jueguen, por fin, en el mismo equipo y no en paralelo.

Dicho de otra manera: que en tu equipo haya gente que sabe más que tú no es tu problema. Es tu materia prima.

El día que interioricé ese cambio de mirada, la reunión de equipo dejó de ser un tribunal. Aquella compañera con dos titulaciones más que yo dejó de ser una amenaza a mi legitimidad y pasó a ser un recurso valiosísimo que yo tenía la suerte de poder poner en juego. El veterano que se conocía todas las normas no escritas dejó de darme miedo y pasó a ahorrarme meses de tropiezos. Las personas eran las mismas; el que había cambiado de gafas era yo.

En un equipo de fútbol —tranquilo, no voy a ponerme intensito con las metáforas deportivas, al menos de momento— el portero no le pide al entrenador que pare penaltis. Le pide que le aclare el sistema, que le diga qué se espera de él y que el del carril izquierdo baje a defender cuando toca. Cada posición aporta una cosa distinta, y el trabajo de quien coordina es que esas posiciones se encuentren.

Guárdate esta idea. La recuperaremos al final del libro, y para entonces te sonará distinta.

### Saber hacer tu trabajo no es saber organizar el de otros

Hay algo que nadie me explicó cuando acepté el cargo y que me habría ahorrado unos cuantos disgustos, así que te lo explico yo a ti: ser buen docente y ser buen coordinador son dos oficios diferentes. Relacionados, sí. El mismo oficio, no.

A la mayoría nos nombran coordinadores porque hacemos bien nuestro trabajo de aula. Es lógico y a la vez es curioso, porque el nombramiento nos mete de golpe en un trabajo distinto para el que casi nadie nos ha preparado. Es como si a tu mejor delantero lo hicieras entrenador el mismo lunes, sin cursillo ni nada, y esperaras que le saliera solo.

A mí me pasó tal cual. Un día era el profesor que se apañaba bien con sus grupos y sus proyectos, y al siguiente tenía un cargo, un correo lleno de cosas que firmar y una reunión que convocar. Entre un día y otro no medió ninguna formación, ningún traspaso decente, ningún manual. Solo un «tú vales para esto, ya verás» dicho con la mejor intención del mundo. [[revisar: ¿cómo fue tu nombramiento real? Confirma o corrige esta versión]]

«Ya verás.» Ya vi, ya.

Y ojo, que lo del delantero-entrenador no es una exageración retórica. Piensa en qué hace bien un delantero: definir, moverse, rematar. Ahora piensa en qué hace un entrenador: observar, decidir quién juega, gestionar egos, diseñar el sistema y aguantar que le griten desde la grada. No hay casi nada en el primer oficio que prepare para el segundo. Venir del campo le da conocimiento del juego y algo de respeto inicial en el vestuario; todo lo demás lo tiene que aprender de cero, y normalmente en público.

Dar bien tus clases demuestra que dominas tu materia, tu aula y tu manera de trabajar. Coordinar exige otra cosa: organizar el trabajo de profesionales adultos que tienen su propia materia, su propia aula y su propia manera de trabajar. Y que no siempre estarán de acuerdo contigo, ni entre ellos, ni con el calendario.

Para moverte en este oficio nuevo conviene distinguir cuatro conceptos que solemos mezclar en la misma coctelera.

**Competencia técnica.** Lo bien que haces tu trabajo de docente. Es valiosa y te da credibilidad de partida, pero no se transfiere automáticamente: ser un crack en tu aula no te convierte en un crack organizando las de los demás. Es más, agarrarte a ella puede jugarte en contra, porque tu tentación será opinar de la docencia de otros desde la tuya. Y tu manera de dar clase es una manera, no la manera.

**Responsabilidad.** Aquello por lo que respondes. Y aquí viene el cambio gordo: desde el nombramiento respondes por cosas que no ejecutas tú directamente. Si el equipo no entrega las programaciones a tiempo, quien da explicaciones eres tú, aunque tú hayas entregado la tuya la primera. Esto da vértigo las primeras veces, y le dedicaremos el próximo capítulo entero, porque tiene miga.

**Autoridad formal.** La que te da el cargo: convocar reuniones, firmar documentos, figurar en el organigrama. Es real, pero es finita y se gasta rápido. Puedes obligar a alguien a asistir a una reunión; no puedes obligarle a participar. Puedes exigir un documento; no puedes exigir que esté bien pensado. Todo lo que de verdad importa en un equipo docente queda fuera del alcance de la autoridad formal. Te adelanto un spoiler del capítulo 4: el organigrama no te cuenta quién tiene el poder de verdad.

**Influencia.** La capacidad de que las cosas pasen porque las personas quieren que pasen, no porque lo pone en un papel. Esta no viene con el cargo ni se puede exigir por escrito. Se construye despacio, con decisiones coherentes, con escucha, con hacer lo que dijiste que harías. Es la única de las cuatro que crece con el uso en lugar de gastarse, y es la que de verdad te interesa cultivar.

Cuando tengas dudas sobre alguna situación del cargo, vuelve a estas cuatro palabras y pregúntate cuál está en juego. Verás que muchos líos se aclaran solos. Aquel compañero que «no te hace caso» quizá está respetando tu autoridad formal (viene a las reuniones) mientras te niega la influencia (no cambia nada de lo que hace). Son problemas distintos y se trabajan distinto.

Hay otra distinción que descubrí por las malas: te pueden nombrar coordinador en un día, pero que el equipo te acepte como tal lleva meses. El papel del nombramiento y la aceptación real del grupo van a velocidades diferentes, y pretender que la segunda llegue por decreto es como pretender caer bien por orden ministerial. En ese desfase entre el papel y la aceptación es donde vive la incomodidad de los primeros meses. Saberlo no la elimina, pero ayuda a no tomársela como algo personal.

### La inseguridad es normal (lo que importa es qué haces con ella)

¿Y la inseguridad de las primeras semanas? Normal. Repito: nor-mal. Acabas de cambiar de oficio sin cambiar de centro; sería raro sentirse cómodo desde el primer día.

El problema no es sentir inseguridad. El problema es qué haces con ella, y ahí hay dos salidas falsas y una buena.

La primera salida falsa es la parálisis: como no me siento legitimado, no toco nada, no decido nada, a ver si nadie se da cuenta de que estoy aquí. La segunda es la sobreactuación: como no me siento legitimado, lo cambio todo la primera semana para demostrar que he llegado. Las dos nacen del mismo sitio y las dos salen caras.

La salida buena es más aburrida, y por eso casi nadie la cuenta: convertir la inseguridad en observación y en acción pequeña. No sé todavía cómo funciona esto, así que pregunto, miro, escucho, tomo notas. Y mientras tanto actúo en lo que sí tengo claro, a escala pequeña, sin fuegos artificiales.

Aquí la psicología vuelve a echar una mano, porque explica por qué funciona la salida aburrida. El psicólogo Albert Bandura llamó autoeficacia a la confianza en la propia capacidad para hacer bien una tarea concreta. Y descubrió algo muy útil: la fuente más potente de autoeficacia no son los ánimos que te den los demás ni el pensamiento positivo, sino lo que llamó experiencias de dominio. Traducido: pequeños logros reales, acumulados. Cada decisión pequeña que tomas y sale razonablemente bien deposita una moneda en tu hucha de confianza. Cada gesto grandilocuente que sale mal la vacía de golpe.

Por eso la sobreactuación es tan mala inversión: apuesta toda la hucha a una jugada. Y por eso la acción pequeña y frecuente es la estrategia ganadora del coordinador novel: no porque sea prudente y quede bien decirlo, sino porque es, literalmente, la manera más rápida de fabricar seguridad de verdad. La confianza no precede a la acción; la sigue.

En la práctica, observar es menos místico de lo que suena. Es llegar a las reuniones y fijarte en quién habla y quién calla. Es preguntar «¿esto por qué se hace así?» con curiosidad de verdad, no con retintín de auditor. Es tomarte un café con cada persona del equipo sin orden del día, solo para escuchar cómo ve las cosas. Es apuntar lo que no entiendes en vez de disimular que lo entiendes.

Yo llevaba una libreta —soy de apuntar en papel, lo confieso; el boli piensa a mi velocidad— con una página por persona y otra por proceso. Nada sofisticado. Pero al mes de rellenarlas, la pregunta de «¿quién soy yo para coordinar esto?» había mutado en otra mucho más útil: «¿qué necesita esto que yo ya puedo dar?». [[revisar: ¿llevabas algo parecido? Ajusta el detalle a tu método real de aquella época]]

La inseguridad, bien usada, es curiosidad. Mal usada, es control.

### Responsable no significa omnipotente

Y aquí llegamos al corazón del asunto, al problema que de una forma u otra va a recorrer todo este libro.

Cuando la inseguridad aprieta y la creencia de «tengo que demostrar que sé más» sigue instalada, el coordinador novel encuentra una vía de escape que parece virtuosa: hacerlo todo.

Reconozco el patrón porque lo he vivido desde dentro. ¿Alguien tiene un problema con una plataforma? Lo resuelvo yo, que así queda resuelto ya. ¿Hay que preparar un documento? Lo hago yo, que así queda como debe quedar. ¿Una reunión? La dirijo yo de principio a fin, con todos los puntos atados, no vaya a ser que se descontrole. ¿Una decisión incómoda? La absorbo yo, que para eso soy el responsable. ¿Un correo a las diez de la noche? Lo contesto, claro. Disponibilidad total. Modo hombre orquesta: yo toco todos los instrumentos a la vez y encima sonrío.

Te voy a contar una cosa: al principio, esto sienta bien. Sienta bien porque da sensación de control. Cada problema que resuelves personalmente es una pequeña dosis de «sirvo para esto». La gente te lo agradece, además: qué disponible es, qué implicado está, qué suerte tenerlo de coordinador. Tu inseguridad se calma un rato con cada incendio apagado.

Hubo una época en que mi jornada era exactamente esa. Llegaba el primero y me iba el último, con la agenda convertida en una lista de tareas ajenas. Resolvía en cinco minutos cosas que a otros les habrían llevado media hora, y me decía que era por eficiencia. Mentira: era inseguridad con disfraz de eficiencia. [[revisar: confirma o ajusta esta descripción de tu época de sobrecarga]]

Y lo más traicionero: por fuera parecía que funcionaba. Las cosas salían, los plazos se cumplían, desde dirección me felicitaban. Si alguien me hubiera parado entonces para decirme «esto que haces tiene un coste», le habría enseñado la lista de tareas cerradas como quien enseña un trofeo.

El precio se paga después, y lo pagáis todos.

Lo pagas tú, porque no hay agenda que aguante ese ritmo. El cansancio del que lo absorbe todo no es el cansancio bueno del trabajo bien hecho; es un cansancio con fecha de caducidad que huele a agotamiento profesional.

Y lo paga el equipo, que es lo más grave y lo menos visible. Cada vez que resuelves algo que podía resolver otra persona, le mandas un mensaje silencioso: «esto es cosa mía, tú no hace falta que aprendas». Repetido durante meses, ese mensaje educa. El equipo aprende a esperar, aprende a consultar antes de decidir, aprende a depender.

Fíjate en la ironía, porque es de las gordas: cuanto mejor ejecutas el papel de solucionador universal, peor equipo construyes. Es el efecto contrario al que buscamos en el aula. A ningún alumno le haces los ejercicios para que aprenda más; sabemos perfectamente que así aprende menos. Con los adultos funciona igual, solo que a los adultos les cuesta más pedirte que les dejes intentarlo.

Y un día faltas —un curso, una baja, una semana de permiso— y todo se detiene. Entonces alguien dirá «es que sin él esto no funciona», y sonará a elogio.

No lo es. Es el diagnóstico de un sistema enfermo.

Aquí está la distinción que necesitas grabarte, porque es la diferencia entre un cargo sostenible y uno que te come vivo: ser responsable significa responder por cómo se abordan las cosas, no ejecutarlas todas personalmente. Responsabilidad y omnipotencia no son lo mismo. Ni parientes lejanos son.

De esto hablaremos largo y tendido en el próximo capítulo. De momento, quédate con la sospecha: si llevas unas semanas en el cargo y tu jornada se parece cada vez más a una lista infinita de tareas de otros, no estás coordinando mejor. Estás enseñando al sistema a necesitarte.

### El recorrido que te propongo

Este libro es el manual que a mí me habría gustado encontrar cuando coloqué aquellas sillas diez minutos antes de tiempo. No lo escribo desde la cima de nada: lo escribo con las cicatrices recientes y algunas metidas de pata todavía calientes, que iré compartiendo contigo sin maquillar. Aquí no vas a encontrar al gurú que lo hizo todo bien; vas a encontrar a un compañero que se equivocó antes que tú y tomó notas.

El recorrido está pensado por capas, de dentro hacia fuera.

Primero, entender dónde estás metido. Qué significa de verdad tu mandato y dónde están sus límites; cómo leer a tu equipo antes de tocar nada; cómo funciona el poder de verdad, ese que no aparece en el organigrama; y cómo construir una confianza que no esté reñida con la exigencia, porque agradar a todo el mundo no es un plan, es una espera.

Después, construir. Coordinar es diseñar un sistema, no repartir esfuerzo heroico; así que aprenderemos a dibujar los procesos tal y como ocurren de verdad (no como figuran en el papel), a montar una estrategia con diagnóstico y criterio en lugar de una lista de buenos deseos, y a decir que no, que también es coordinar y nadie nos lo había dicho.

Luego, el día a día con las personas. Evitar convertirte en el cuello de botella de tu propio equipo. Delegar de verdad, que no es repartir tareas. Preparar reuniones que sirvan para algo. Aprovechar el desacuerdo en lugar de temerlo. Comunicar dando sentido, no reenviando correos. Cerrar acuerdos que se puedan revisar sin acabar discutiendo versiones. Y mantener esas conversaciones que llevas semanas evitando y que —lamento decírtelo— no van a desaparecer solas.

Por último, madurar. Usar datos sin esconderte detrás de ellos. Corregir decisiones sin perder autoridad (bien hecho, la aumenta). Proteger a tu equipo sin encubrirlo. Y el destino final del viaje, que te adelanto ya aunque suene raro en el primer capítulo: dejar de ser imprescindible.

Sí, has leído bien. El objetivo de coordinar bien es que cada vez te necesiten menos. Si eso ahora te chirría, perfecto: significa que el libro te va a servir.

Cada capítulo sigue la misma estructura: una situación real, la creencia que la complica, cómo desmontarla y un cierre operativo con herramientas y compromisos para aplicar esa misma semana. Porque leer sobre coordinación está bien, pero esto va de coordinar.

Un par de advertencias antes de seguir, para que sepas qué libro tienes entre manos.

La primera: aquí no hay recetas mágicas. Las herramientas que te iré dando funcionan, pero funcionan como funcionan las herramientas: aplicadas con criterio, adaptadas a tu contexto y con paciencia. Si buscas el truco definitivo para que tu equipo funcione en quince días, devuelve el libro, que igual todavía estás a tiempo.

La segunda: no hace falta leerlo del tirón. Está pensado para alguien con poco tiempo y problemas concretos, que probablemente eres tú ahora mismo. Si esta semana te ahoga una reunión que no sabes cómo preparar, vete al capítulo de reuniones y vuelve luego. El orden ayuda, pero cada capítulo se sostiene solo.

Y la tercera —vale, eran tres, las cuentas nunca han sido lo mío—: te voy a pedir cosas. Ejercicios, compromisos semanales, preguntas incómodas. Puedes saltártelos, claro; no voy a ir a tu centro a comprobarlo. Pero la diferencia entre leer este libro y aprovecharlo está exactamente ahí.

### Cierre operativo y compromisos

Recapitulemos, en frío y por escrito.

**Creencia que desmontamos.** «Para coordinar a profesionales competentes tengo que demostrar que sé más que ellos.» No. Esa creencia convierte cada reunión en un examen y a cada compañero brillante en una amenaza. Y de paso alimenta al síndrome del impostor, que con esa dieta engorda rapidísimo.

**Qué debes comprender.** La coordinación no se apoya en la superioridad técnica. Se apoya en cuatro cosas mucho menos vistosas: claridad (que se entienda qué se espera y por qué), coherencia (que tus decisiones se parezcan entre sí y a lo que dices), responsabilidad (responder por cómo se abordan los asuntos, no ejecutarlos todos) y capacidad de organizar contribuciones diferentes hacia un propósito común. Nadie aplaude estas cuatro cosas en el momento. Todos las notan cuando faltan.

**Qué puedes hacer esta semana.** Identifica tres situaciones en las que estés intentando demostrar capacidad cuando en realidad lo que necesitas es formular una buena pregunta. Tres. Búscalas en tus reuniones, en tus correos, en esas conversaciones de pasillo en las que opinas de todo. El patrón se reconoce fácil: si estás hablando para quedar bien en vez de para entender mejor, ahí tienes una.

**Herramienta: la primera fotografía del rol.** Es la más sencilla de todo el libro y de las que más me han servido. Coge una hoja —o tu libreta, o un documento, lo que uses— y divídela en cuatro:

Qué sé. Lo que dominas de verdad: tu materia, tu experiencia de aula, lo que ya conoces del centro y de su gente. Escribirlo no es para presumir delante de nadie —la hoja es tuya—, es para recordarte que no llegas vacío. Los días en que el impostor apriete, esta columna se lee dos veces.

Qué no sé. Sin trampas y sin flagelarte. Normativa que no controlas, historia del equipo que desconoces, procesos que nunca has visto por dentro, herramientas que solo has oído mencionar. Esta lista no es tu vergüenza: es tu programa de trabajo. La diferencia entre un inseguro y un aprendiz es que el aprendiz tiene la lista por escrito.

Qué necesito comprender. Aquí filtras. No todo lo que ignoras es urgente: puedes pasarte meses sin dominar cierta normativa y no pasará nada, pero hay dos o tres cosas que necesitas entender el primer mes para no meter la pata en lo importante. Normalmente tienen que ver con personas y con historia, no con papeles: por qué este equipo funciona como funciona, qué heridas hay abiertas, qué se ha intentado ya y fracasó.

A quién necesito escuchar. Nombres y apellidos. La veterana que conoce la historia de cada conflicto. El que sabe por qué se abandonó aquel proyecto que ahora alguien quiere resucitar. La persona que nunca habla en las reuniones y que probablemente sea la que más ve. Al lado de cada nombre, apunta qué quieres entender gracias a esa persona. Y luego —esta es la parte importante— pide esos cafés de verdad, no los dejes en la libreta.

Media hora te ocupa, y esa fotografía convierte la pregunta angustiosa de las tres de la mañana en un plan de trabajo, que es un cambio de categoría considerable. La angustia no tiene casillas que tachar; un plan sí. Y cada casilla tachada, ya lo sabes desde hace unas páginas, es una experiencia de dominio: una moneda más en la hucha de la autoeficacia.

Un aviso: la fotografía caduca. La que hagas esta semana no te servirá dentro de seis meses, porque sabrás más, conocerás mejor al equipo y tus huecos serán otros. Repetirla de vez en cuando es una manera barata de medir tu propio avance. La mía de la primera semana, vista con el tiempo, tenía la columna de «qué sé» sospechosamente larga y la de «a quién necesito escuchar» casi vacía. Ahí estaba retratada, sin yo saberlo, toda la creencia que hemos desmontado en este capítulo. [[revisar: si conservas o recuerdas tu situación inicial real, ajusta este detalle]]

**Señales de que está funcionando.** Empiezas a preguntar y observar antes de intervenir; te pillas a ti mismo diciendo «no lo sé, ¿tú cómo lo ves?» sin que se te caiga ningún anillo. Y la señal definitiva: otras personas empiezan a llegar con soluciones, no solo con problemas, porque han dejado de esperar que tú tengas todas las respuestas.

**Error frecuente.** Compensar la inseguridad aumentando el control. Más revisiones, más presencia, más «esto mejor lo hago yo». Es el error más humano de la lista y el más caro. Si te descubres controlando más a medida que te sientes menos seguro, para y respira: estás tratando el síntoma equivocado.

**Preguntas de revisión.** Dos, para llevar encima toda la semana. Antes de intervenir en cualquier asunto: ¿qué estoy intentando demostrar? Y justo después: ¿qué necesita realmente el equipo de mí en este momento? Cuando las dos respuestas coinciden, adelante. Cuando no coinciden —y al principio no coincidirán muchas veces—, ahí tienes trabajo interior pendiente.

Aquella tarde de la primera reunión salí de la sala con la sensación de haber aprobado por los pelos un examen al que nadie me había convocado. Tardé tiempo en entender que no había ningún examen. Que nadie esperaba que yo supiera más que todos; eso solo lo esperaba yo.

Lo que el equipo esperaba era otra cosa, mucho más modesta y mucho más difícil: que alguien se ocupara de que remar sirviera para avanzar en la misma dirección.

De eso va este libro. Me alegro de que estés aquí.

Nos vemos en el siguiente capítulo, donde desmontamos la segunda creencia de la colección: que ser responsable significa solucionarlo todo. Te sonará de algo.

El cargo no te convierte en omnipotente

### La semana en que todo empezó a llegar a mi mesaEn el capítulo anterior te dejé con una sospecha: si tu jornada se parece cada vez más a una lista infinita de tareas de otros, algo va mal. Deja que te cuente cómo se llega hasta ahí, porque yo hice el camino completo, con paradas en todas las estaciones.Fue un proceso gradual. Nadie vino un lunes

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