Vádid

Vádid

by David Escolano

35 chapterses-ES

Vádid de Agranda era el símbolo del honor, un caballero cuya lealtad a su reino solo era igualada por el amor a su familia. Pero en el fragor de una batalla desesperada, la muerte reclama su tributo. En el umbral del más allá, una entidad ancestral le ofrece lo que más desea: volver a casa. El precio parece simple, pero el despertar es una pesadilla. Vádid regresa para encontrar su hogar convertido en un osario. Engañado por el ser que ahora habita en su interior, el guerrero es conducido por un camino de odio y manipulación. Convencido de que sus enemigos son los culpables de su desgracia, Vádid inicia una conquista sangrienta que bañará los reinos de rojo. Acompañado por el sádico General Jague y perseguido por aquellos que una vez lo llamaron amigo, el noble caballero se desvanece para dar paso al tirano más cruel que el mundo haya conocido jamás. ¿Podrá un resto de humanidad sobrevivir al hambre de un dios antiguo, o está el destino de todos sellado bajo el peso de su corona negra? Una epopeya de fantasía oscura sobre la pérdida, la traición y el sacrificio final.

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El último aliento en el barro

El frío no comenzó en la piel, sino mucho más adentro, en ese rincón del pecho donde el último aliento se aferra a la existencia antes de disolverse en la nada. Las costas de Rus eran un páramo de fango gris y salitre, un escenario de pesadilla donde el oleaje del sur rompía contra las rocas con un rugido sordo y constante, como si el mismo océano intentara devorar los restos del desastre. El aire apestaba a hierro, a las vísceras expuestas de cientos de hombres que yacían esparcidos sobre la arena mojada, y a la descomposición inminente que el viento marino no lograba limpiar. Era un olor espeso, tan denso que casi podía masticarse, una mezcla asfixiante de fluidos corporales y metal oxidado.

Vádid de Agranda sentía el peso de la derrota aplastando sus costillas rotas. Cada bocanada de aire era un tormento, un tajo invisible que le desgarraba los pulmones desde el interior. Su mejilla derecha estaba hundida en el barro helado, mezclada con la sangre de un enemigo cuyo nombre jamás conocería. Apenas unos centímetros de su rostro se mantenían fuera del lodo negro, lo suficiente para permitirle contemplar, con una vista nublada y trémula, la carnicería que lo rodeaba. Su hermosa armadura de caballero noble, aquella que una vez brilló con el orgullo de un defensor de las fronteras, estaba destrozada. Las placas de acero del pecho aparecían hundidas, rotas por el impacto de una maza pesada, y las junturas estaban obstruidas por la arena húmeda y la carne chamuscada.

La batalla de Rus había terminado, y ellos habían perdido.

A su lado, un gemido bajo y ronco rompió el monótono zumbido que llenaba sus oídos. No era el lamento de un soldado agonizante, sino el sonido de una lealtad que se negaba a rendirse ante la muerte. Coco, su fiel perro de caza, permanecía de pie sobre el cuerpo de su amo. El pelaje del animal, habitualmente de un pardo brillante, estaba apelmazado por el fango y salpicado de sangre ajena. Tenía las orejas gachas, pero los colmillos descubiertos en un gruñido tembloroso y constante. Con el hocico ensangrentado, Coco empujaba suavemente el hombro desarmado de Vádid, intentando despertar al hombre que siempre lo había guiado.

Una sombra se proyectó sobre ellos. Un graznido estridente resonó en el cielo gris, anunciando la llegada de los carroñeros. Un cuervo de plumaje grasiento descendió pesadamente, posándose sobre el pecho de un cadáver cercano. Sus ojos oscuros y brillantes se fijaron en el rostro inmóvil de Vádid, detectando la debilidad del moribundo. El ave dio un salto torpe hacia adelante, con el pico entreabierto, ansiosa por reclamar su banquete de carne blanda.

Coco reaccionó al instante. Con un ladrido ronco que terminó en un quejido de dolor, el perro arremetió contra el ave. Sus mandíbulas se cerraron en el aire, a escasos centímetros de las plumas del cuervo, obligando al carroñero a emprender el vuelo con un aleteo ruidoso y protestón. El esfuerzo hizo que el animal se tambaleara. Vádid pudo ver que su fiel compañero también estaba herido; un corte profundo le cruzaba el flanco izquierdo, goteando una sangre oscura que se perdía rápidamente en el fango de la orilla.

"Buen chico...", intentó decir Vádid, pero de su garganta solo brotó un murmullo incomprensible, una burbuja de sangre que estalló en sus labios agrietados. El dolor físico era una presencia física, una marea que subía con cada latido de su corazón exhausto, amenazando con sumergirlo en la inconsciencia definitiva. Pensó en su hogar. Pensó en la calidez de Agranda, en el aroma del pan recién horneado que Palia preparaba por las mañanas, en la risa cristalina de su pequeño Máximo corriendo por el jardín trasero. Esas imágenes eran las únicas boyas a las que se aferraba en mitad de aquel océano de agonía. No podía morir allí. No podía dejar que su familia esperara en vano el regreso de un espectro.

El frío continuó avanzando, reclamando sus extremidades. Ya no sentía los dedos de las manos, y las piernas eran dos anclas inútiles de piedra y hielo. La muerte no era una transición pacífica; era un proceso lento, humillante, donde la dignidad se escurría junto con el calor del cuerpo. Los cuervos volvieron a descender, esta vez en mayor número, describiendo círculos concéntricos en el cielo plomizo, esperando a que la última chispa de resistencia se apagara en el fango.

Entonces, el silencio no se limitó a rodearlo, sino que penetró en su mente. El sonido del oleaje, los graznidos de las aves y los gemidos distantes de los heridos se extinguieron de golpe, sustituidos por un vacío absoluto, una quietud que no pertenecía al mundo de los vivos. No era la ausencia de sonido, sino la presencia de una nada inmensa, un abismo que se abría en el centro mismo de su conciencia.

"¿Es este el final del gran caballero?", susurró una voz. No provenía de sus oídos, ni de la brisa marina que azotaba la costa. Era una vibración profunda, una resonancia que se originaba en su propia médula ósea, como si sus huesos cantaran una melodía de polvo y olvido. "Un final tan indigno para un hombre con tanto por lo que vivir. Una tumba de lodo y sal, olvidada por el sol."

Vádid intentó cerrar los ojos, creyendo que la locura de la agonía finalmente lo había alcanzado. Pero la voz persistió, adquiriendo una textura casi física, como un fluido tibio y espeso que comenzaba a deslizarse por sus pensamientos.

"No tienes por qué entregarte a la tierra, Vádid de Agranda", continuó el susurro, cargado de una solemnidad ancestral, desprovisto de malicia aparente, pero impregnado de una autoridad ineludible. "La muerte es un error que puedo enmendar. Yo puedo devolverte el calor. Puedo darte la fuerza para levantarte de este suelo infame y regresar al santuario de tu hogar. Puedo darte la vida."

"¿Quién... quién eres?", pensó Vádid, proyectando su voz mental hacia la inmensidad del vacío que lo rodeaba. La desesperación le otorgaba una lucidez dolorosa. "¿Qué quieres de mí?"

"Soy Afar", respondió la entidad, y el nombre resonó en su mente como el golpe de un mazo de bronce contra una campana enterrada. "Un caminante de las eras olvidadas, atrapado en el umbral donde el tiempo no fluye. No busco tu destrucción, guerrero. Busco un vehículo, un templo de carne para caminar una vez más sobre el mundo de los vivos. Ofréceme tu cuerpo como hospedaje. Permíteme habitar en tu interior, y a cambio, te otorgaré el poder para desafiar al destino. Volverás a ver a tu esposa. Volverás a escuchar las risas de tu hijo. Tu hogar te espera, pero solo si tienes el valor de aceptar el pacto."

La propuesta flotó en la mente de Vádid, una tentación dorada envuelta en la oscuridad más absoluta. Sabía que los pactos con entidades desconocidas conllevaban un precio, que la magia oscura era un terreno pantanoso del que nadie regresaba indemne. El Gran Maestre Ontanio siempre le había advertido sobre las fuerzas que acechaban en los márgenes de la existencia, seres hambrientos que se alimentaban de la debilidad humana. Pero las advertencias de los sabios carecen de peso cuando el lodo de la muerte te llena la boca y el rostro de tu hijo comienza a desvanecerse en las sombras de la memoria.

"¿Mi familia...?", inquirió Vádid, aferrándose a la promesa como un náufrago a un madero astillado. "¿Estarán a salvo? ¿Podré regresar con ellos?"

"Te lo prometo", siseó Afar el Ancestral, y por un instante, un sutil matiz de satisfacción, casi imperceptible, vibró en la médula del guerrero. "El calor de tu hogar volverá a ser tuyo. Solo debes abrir la puerta. Permíteme entrar."

Vádid miró a Coco una última vez. El perro seguía allí, defendiendo su cuerpo inmóvil con una lealtad ciega, ignorando sus propias heridas. El amor por su familia y la compasión por su fiel compañero se fundieron en un único y desesperado impulso de supervivencia. El deseo de vivir, de no permitir que la oscuridad de la derrota fuera el último capítulo de su historia, barrió cualquier atisbo de prudencia.

"Acepto", pensó Vádid. "Acepto el pacto. Dame la vida."

La respuesta de la entidad fue inmediata y devastadora. No hubo una transición suave, sino una invasión violenta. Un torrente de energía oscura, helada como el viento de los glaciares del norte, se introdujo por sus heridas abiertas. Vádid experimentó una agonía diferente, no la debilidad de la muerte que se retira, sino el dolor de una fuerza extraña que reclama cada arteria, cada nervio y cada fibra muscular por la fuerza. Era como si le inyectaran metal líquido y congelado directamente en las venas.

Sus ojos se abrieron de golpe. Las pupilas, antes de un azul sereno, se dilataron hasta casi hacer desaparecer el iris, inundadas por un destello de oscuridad líquida que parecía palpitar al ritmo de un corazón ajeno. Su pecho se elevó con una inhalación violenta, un jadeo que arrastró el aire húmedo y cargado de sal hacia sus pulmones rejuvenecidos. El dolor de las costillas rotas desapareció, sustituido por una rigidez antinatural. Los huesos se recolocaron bajo su piel con chasquidos sordos, soldándose bajo el influjo de la energía negra que ahora recorría su cuerpo.

En su hombro izquierdo, justo donde la armadura se había roto, la piel comenzó a quemarse. Una marca comenzó a dibujarse, grabándose a fuego invisible en su carne. Vádid ahogó un grito cuando el diseño de la Marca tomó forma: una espiral intrincada de líneas negras que parecían retorcerse como gusanos bajo la epidermis, desprendiendo un fulgor gélido y oscuro. Era el grillete del pacto, el recordatorio constante del huésped que ahora compartía su existencia.

Con un esfuerzo que ya no se sentía del todo humano, Vádid apoyó las palmas de las manos en el lodo y se incorporó. El fango que antes lo aprisionaba resbaló de su cuerpo como si temiera tocarlo. Al ponerse en pie, una oleada de poder crudo y salvaje lo recorrió, una fuerza tan inmensa que amenazaba con desbordarse de sus extremidades si no encontraba una salida inmediata. Sentía los músculos tensos, cargados de una energía vibrante que demandaba acción, violencia, movimiento.

Afar permanecía en silencio en los confines de su mente, pero su presencia era innegable, un peso sordo detrás de sus ojos, un susurro que acechaba en cada pensamiento. El pacto se había sellado, pero la curación no era completa; Vádid sentía que su propia voluntad aún gobernaba sus movimientos, pero el precio de esa libertad parecía ser una sed latente, un impulso oscuro de infligir dolor que comenzaba a gestarse en su pecho.

De repente, un crujido de pisadas sobre la grava de la playa rompió el silencio de la orilla. Vádid giró la cabeza con una velocidad antinatural. Sus sentidos, ahora agudizados por la energía del Ancestral, captaron el sonido del metal chocando contra el cuero y el murmullo de voces ásperas. Un grupo de soldados enemigos, exploradores del reino de Rus que se dedicaban a rematar a los heridos y saquear los cadáveres, se aproximaba a su posición.

Eran cinco hombres, cubiertos con cotas de malla oxidadas y capas desgarradas por el viento marino. Llevaban lanzas y espadas cortas, y sus rostros reflejaban la brutalidad desprovista de escrúpulos de quienes se alimentan de la miseria del campo de batalla. Al ver a Vádid de pie entre los muertos, se detuvieron en seco. Uno de ellos, el que parecía liderar el grupo, señaló al caballero con su lanza ensangrentada, una mueca de incredulidad dibujándose en sus facciones curtidas.

"¡Mirad allí!", exclamó el explorador, con una voz ronca que la brisa dispersó rápidamente. "Un superviviente. Y parece que lleva una armadura de valor. Acabemos con él antes de que se recupere."

Vádid no sintió miedo. En lugar del pánico que habría experimentado cualquier hombre en su situación, una profunda y gélida calma lo invadió. A sus pies, medio enterrada en el fango, yacía su vieja espada de acero. No la recogió inmediatamente. Sus dedos se cerraron y abrieron, experimentando la fuerza destructiva que ahora poseía. La sed de sangre latente, espoleada por la cercanía de los enemigos, comenzó a rugir en su interior, una bestia que exigía ser liberada.

"El acero es una herramienta lenta", susurró la voz de Afar en su mente, con una insistencia venenosa. "Usa el regalo que te he dado. Demuéstrales que la muerte ya no tiene poder sobre ti."

Los soldados enemigos avanzaron, confiados en su superioridad numérica. El lancero se adelantó, lanzando una estocada rápida dirigida al pecho desprotegido de Vádid. El movimiento, que en condiciones normales habría sido difícil de esquivar para un guerrero herido, pareció desarrollarse a cámara lenta ante los ojos del caballero. Con un movimiento fluido y felino, Vádid dio un paso lateral, esquivando la punta de la lanza con una agilidad pasmosa. Antes de que el soldado pudiera reaccionar, Vádid le sujetó el asta con la mano izquierda.

La fuerza de su agarre fue tal que la madera de fresno crujió bajo sus dedos. El soldado de Rus abrió los ojos con horror al darse cuenta de que no podía retirar su arma. Vádid tiró de la lanza hacia sí, arrastrando al enemigo, y con la mano derecha libre, le propinó un golpe directo al rostro. El sonido de los huesos de la nariz y la mandíbula rompiéndose resonó en la playa como la rotura de una rama seca. El hombre salió despedido hacia atrás, cayendo inerte sobre la arena mojada, con el rostro convertido en una masa informe de sangre y hueso.

Los otros cuatro soldados se detuvieron, la codicia de sus rostros sustituida instantáneamente por un pánico primario. El despliegue de fuerza física era imposible para un hombre que hacía unos instantes parecía un cadáver más entre el barro.

"¿Qué... qué es este monstruo?", balbuceó uno de ellos, retrocediendo un paso, con la espada temblando en su mano.

Vádid no respondió. El eco del rugido del Ser Interior resonó en los confines de su conciencia, incitándolo a la violencia. Dio un paso adelante, sintiendo cómo la Marca de su hombro palpitaba con fuerza, enviando oleadas de calor helado por todo su brazo. Se agachó y, esta vez sí, recogió su espada del fango. El acero brilló débilmente bajo la luz mortecina del sol de la tarde, reflejando la oscuridad de sus propios ojos.

"La piedad murió en los campos de Agranda", murmuró Vádid, y su voz no fue la suya, sino un susurro cargado de un eco sobrenatural que pareció helar el aire de la costa. "Ahora solo queda el juicio del acero."

Lo que siguió no fue una batalla, sino una ejecución sistemática. Vádid se movió con una velocidad que desafiaba las leyes de la naturaleza. Los árboles y las rocas de la orilla parecieron convertirse en meros obstáculos borrosos a su paso. Se lanzó contra los tres soldados restantes antes de que pudieran adoptar una formación defensiva. Su espada describió un arco mortal, cortando el aire con un silbido agudo. El primer tajo separó la cabeza del soldado más cercano de sus hombros, enviándola a rodar por la arena húmeda mientras un chorro de sangre caliente salpicaba la armadura de Vádid.

Los dos exploradores supervivientes intentaron huir, aterrorizados por la carnicería. Pero la huida era inútil ante la agilidad sobrehumana que la Marca proporcionaba al caballero. Vádid alcanzó al primero con una facilidad pasmosa, hundiendo la hoja de su espada en su espalda, atravesando la cota de malla y el pecho con tanta facilidad como si cortara mantequilla. El hombre cayó de rodillas, soltando un gemido ahogado antes de desplomarse sobre el fango que se teñía rápidamente de rojo.

El último soldado corrió desesperadamente hacia las rocas del acantilado, buscando un refugio que no existía. Vádid lo observó con una fría indiferencia, deleitándose en el terror del enemigo. Sin embargo, no fue él quien terminó con la vida del fugitivo.

Un gruñido espantoso, un sonido que no pertenecía a ningún animal vivo, resonó a sus espaldas. Vádid se giró y contempló con asombro la transformación de su fiel compañero. Coco ya no era el noble perro de caza de Agranda. La energía oscura que Afar había introducido en el cuerpo de su amo parecía haberse extendido a la criatura que lo custodiaba, infectándola con una ferocidad espectral.

El pelaje de Coco se había erizado, y de sus heridas ya no brotaba sangre roja, sino una sustancia negra y aceitosa que se evaporaba en el aire frío con un siseo tenue. Sus ojos, antes llenos de una calidez leal, ahora brillaban con un fulgor rojizo y maligno, reflejando una sed de sangre que rivalizaba con la de la entidad que habitaba en Vádid. El tamaño del animal parecía haber aumentado ligeramente, sus músculos tensos bajo la piel como cuerdas de piano a punto de romperse.

Con un salto formidable, el perro espectral se lanzó sobre el último soldado. Sus mandíbulas se cerraron alrededor del cuello del hombre con una fuerza brutal. El soldado apenas tuvo tiempo de emitir un grito ahogado antes de que Coco le destrozara la garganta con un movimiento violento de la cabeza. El cuerpo del enemigo cayó al suelo, sacudiéndose en los últimos estertores de la muerte, mientras el perro permanecía sobre él, lamiendo la sangre que manaba de la herida con una avidez aterradora.

Vádid contempló la escena con una mezcla de horror y fascinación. Aquel animal, el que había jugado con su hijo en los campos de Agranda, se había convertido en un monstruo sediento de sangre, una extensión de la misma oscuridad que ahora amenazaba con devorar su propia alma. Se acercó lentamente al perro, con la espada aún goteando sangre en su mano derecha.

"Coco...", susurró Vádid, buscando en el animal algún vestigio de la criatura que una vez conoció. "Chico... ven aquí."

El perro se giró lentamente, con el hocico cubierto de la sangre del soldado enemigo. Por un instante, el brillo rojo de sus ojos pareció vacilar, atenuándose ante la voz de su amo. Coco dio un paso vacilante hacia adelante, emitiendo un gemido bajo que recordaba a sus antiguos días de caza. Vádid se arrodilló sobre la arena mojada, ignorando el hedor a muerte que lo rodeaba, y extendió la mano izquierda para acariciar la cabeza del animal.

Al tocar el pelaje apelmazado, Vádid sintió un escalofrío. El cuerpo de Coco estaba frío, una temperatura antinatural que recordaba a la de un cadáver expuesto a la helada invernal. Sin embargo, muy en el fondo, casi imperceptible debajo de la piel endurecida, aún latía una chispa de calor, un resto de la vida que una vez compartieron. Era un recordatorio silencioso de que, a pesar de la transformación y de la influencia de la entidad, la lealtad del animal seguía perteneciendo a él, y solo a él.

"Aún estás ahí", murmuró Vádid, apretando suavemente los dedos contra el cuello del perro. "Aún somos nosotros."

"Por ahora", interrumpió la voz de Afar, con una frialdad que disipó cualquier atisbo de consuelo. "La carne es débil, Vádid. La transformación apenas ha comenzado. Si deseas conservar lo que queda de tu existencia y regresar a tu hogar, debes moverte. El poder que te he otorgado necesita nutrirse de tu voluntad, de tu resolución. No te detengas a llorar por lo que se ha perdido. El camino de regreso es largo, y las respuestas que buscas no se revelarán solas."

Vádid se levantó lentamente, apartando la mano del perro. El peso de la armadura destrozada parecía insignificante ahora, mitigado por la resistencia sobrehumana que la Marca le proporcionaba. Miró a su alrededor, contemplando el campo de batalla de Rus una última vez. Bajo la luz crepuscular, la costa era un monumento a la desolación. Los cuerpos de sus compañeros de armas yacían esparcidos como muñecos rotos, sus rostros vueltos hacia un cielo que ya no les ofrecía ninguna esperanza.

Un sentimiento de amargura profunda, una mezcla de dolor y rabia contenida, se asentó en su pecho. Aquella victoria de los enemigos se sentía como una afrenta personal, una herida en su honor de caballero que la sangre de aquellos cinco exploradores apenas había comenzado a vengar. Pero la urgencia de regresar a Agranda era una fuerza superior a cualquier deseo de venganza inmediata. Necesitaba ver a Palia. Necesitaba abrazar a Máximo y asegurarse de que el pacto que acababa de sellar no era más que un mal sueño del que despertaría en su propia cama.

"En marcha, Coco", ordenó Vádid, y su voz recuperó un matiz de firmeza, aunque desprovista de la calidez de antaño. "Volvemos a casa."

El perro espectral emitió un gruñido de asentimiento y se colocó a su lado, con el paso firme y los sentidos alerta. Juntos, el caballero resucitado y su bestia corrompida iniciaron la larga marcha alejándose de las costas de Rus. El camino de regreso a Agranda se extendía ante ellos, un sendero de kilómetros a través de bosques oscuros y colinas desoladas que Vádid se disponía a recorrer con una agilidad y una resistencia que ningún hombre común podría emular.

A medida que avanzaban, el paisaje costero fue quedando atrás, sustituido por la penumbra protectora de los árboles. La Marca en el hombro de Vádid continuó palpitando bajo su ropa, un latido constante y helado que marcaba el ritmo de su nueva existencia. Vádid caminaba con la vista al frente, ignorando que el precio de su resurrección ya había comenzado a cobrarse en un rincón de su hogar que él creía seguro, y que el regreso que tanto ansiaba no sería el final de su tormento, sino el inicio de una caída irreversible hacia la oscuridad más absoluta.

La marcha del resucitado

El fango de las costas de Rus comenzó a quedar atrás, sustituido por una tierra más firme pero no menos hostil. La transición fue sutil, una lenta metamorfosis del paisaje que Vádid de Agranda percibió no con la vista cansada de un mortal, sino con la sensibilidad alterada de un cuerpo que ya no le pertenecía por entero. El mundo, aquel escenario q

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