📚 Escaleta sugerida para tu novela

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by David Milan

30 chapterses-ES

Hugo Folch estudia dos carreras a la vez para no tener tiempo de pensar. Desde que Elena le dejó, la depresión es un zumbido constante que solo calla cuando se agota. Silvia apenas habla en clase. Cinco años con Javi la convencieron de que no valía nada, y ahora hasta pedir un café le parece un examen. Un bolígrafo que rueda por el suelo de Historia de la Psicología los obliga a mirarse. Lo que sigue no es un flechazo: es un cuaderno de apuntes compartido, una cerveza con el grupo, una conversación en un parque que dura hasta que encienden las farolas. Hugo reconoce en Silvia un dolor parecido al suyo. Silvia descubre que Hugo es la primera persona que no la juzga. Pero sanar no es lineal. Mientras Silvia reúne el valor para plantar cara a Javi y a su propia madre, Hugo se aferra a la hiperactividad como coraza. Cuando Mami, su abuela, sufre un ictus, él intentará alejar a Silvia para no perderla también. Será ella quien le plante cara y le obligue a aceptar que el amor no es una condena. Una novela sobre dos personas rotas que descubren que encajan. Sobre la amistad que se transforma en amor sin pedir permiso. Sobre aprender que no necesitas etiquetas para saber a quién quieres.

  • Literary Fiction
  • Romance
  • Relationship Drama
  • Identity Journey
  • Slow Burn Romance
  • Contemporary Romance

El boli que rodĂł

—Hugo, creo que no estoy preparada para continuar con esto —dice Elena, mientras se suena la nariz con un pañuelo empapado en lágrimas—. No podemos seguir manteniendo algo que es insostenible, tienes que comprenderlo.

Lo comprendĂ­a.
Por supuesto que lo comprendĂ­a.
Llevaba meses intuyendo que algo no iba bien, pero creí que solamente era un bache en nuestra relación, o que al empezar la universidad nos habíamos distanciado. Elena ya llevaba dando señales desde finales de febrero. Algo en ella había cambiado, pero yo se lo achacaba todo a que estaba pasando por una montaña rusa de emociones en muy poco tiempo.

Eran las Fallas de Valencia y, casualmente, ese año le tocó a ella ser fallera mayor. Era un orgullo para ella —y para mí también. Estaba feliz e ilusionada, ¿y quién era yo para meterme en sus sueños e ilusiones? Para ser sincero, tengo que decir que a mí las Fallas —fiesta local de la comunidad— nunca me han tenido sentido. Me parecía un despilfarro económico, y ver arder esas obras de arte era incomprensible para mí. No obstante, si a ella le hacía feliz, yo no tenía nada que decir al respecto. La apoyaba.

—Elena, creo que estamos pasando por un bache en nuestra relación. No pasa nada, todas las relaciones tienen altibajos, pero esto es cosa de dos. Si necesitas que nos tomemos un tiempo, podemos tomarlo, pero por favor… no tires por la borda casi tres años de relación —le apreté la pierna firmemente, como quien finge estar confiado en algo aunque ni de coña lo esté—. Piénsatelo, al menos. No tienes que decidir nada ahora.

Y entonces fue cuando ocurriĂł.
Lo que siempre habĂ­a temido.
Tuve un déjà vu en el que, de repente, vi todo a milésimas de segundo antes de que Elena dijese lo que tanto temía. Y entonces lo dijo…

—¡Hugo, despierta! Ya hemos acabado por hoy. Nos vemos la semana que viene, a la misma hora —Marga, mi terapeuta, me estaba hablando sobre la sesión mientras se limpiaba las gafas con la manga de la camiseta—. Creo que vamos avanzando.

Pues sinceramente no sé dónde estará el puto avance que ve ella. Lo único que avanza es la velocidad con la que me cobra las sesiones —eso sí le gusta a la cabrona, pasar la tarjeta por el datáfono. Pero como no me aguanto ni yo, y no tengo fuerzas para discutir, le sonrío y le digo socarronamente:

—Claro, Marga. Creo que ahora soy un hombre nuevo…

NĂłtese la ironĂ­a.

Salgo de la consulta y me dirijo a coger el coche. Lo he dejado, como todos los días de sesión, en el centro comercial que está frente a la consulta de Marga. Me doy cuenta de que, a pesar de que estamos a finales de agosto y hace calor, empieza a anochecer más pronto. Eso me gusta. Me encanta el invierno. Además, este invierno promete ser como todos los inviernos desde que ocurrió lo de Elena: es decir, una santísima puta mierda.

Llevo dos años viviendo una tortura constante, desde que entré en esta depresión. Soy como un autómata, como un zombi que mueve los pies y está de cuerpo presente, pero con la mente en otro sitio. Todos los días son iguales, todas las tardes son iguales y todas las noches… iguales también. La verdad, me replanteo si alguna vez tendré solución, si algún día levantaré cabeza o, por el contrario, me consumiré entre mis mocos, como la cocaína de un yonqui resfriado.

Mañana empieza la universidad.
Marga siempre me dice que me mantenga distraído y ocupado. La verdad, no sé si eso me funciona. Ya sea porque, o bien me distraigo poco, o porque no tengo remedio. Así que esta vez me lo he tomado en serio, eso de “estar ocupado”, y lo llevaré a la máxima expresión. Este año he decidido cursar dos carreras simultáneamente.

—¿Cómo lo voy a hacer para no morir en el intento? —No lo sé, pero así tengo algo para contarle a mis futuros nietos.

Nietos que nunca llegarán…
Joder, Elena siempre está metida hasta en el más mínimo e insignificante pensamiento que tengo.

Meto el portátil en la mochila. Me toca primero ingeniería por las mañanas y, por las tardes, empiezo el tercer curso de psicología. Como he dicho antes, esta vez sí que me he tomado en serio eso de “estar ocupado”. Yo lo llamo vivir rápido para no pensar.

Subo al piso de arriba a darle un beso de buenas noches a mi Mami —mi abuela, pero es tan presumida que nunca ha querido que la llamemos abuela o yaya, así que todos le decimos Mami.

—¡Hola, cariño! —me dice, tumbada en su cama, peleándose con el teléfono porque, al ser táctil y temblarle el pulso, se equivoca con los números—. ¿Mañana a qué hora te vas?
—A las ocho de la mañana, Mami. Vendré a comer a las dos y me iré a la facultad de Psicología después, que entro a las tres.
—Pero si entras a las tres, entre que vas y vienes no vas a tener tiempo de reposar la comida. No me gusta que luego vayas con prisas.
—No pasa nada, ya veremos cómo me las apaño. El curso es muy largo, seguro que es cuestión de adaptarse —le digo con una sonrisa convencida—. Hasta mañana, ¡te quiero!
—¡Y yo a ti, cariño!

Por la noche me dispongo a dormir. Sé que Elena será el último pensamiento que tenga antes de cerrar los ojos… y el primero cuando los abra. Como lleva siendo costumbre cada día durante los últimos dos años.

****

La primera impresión que me he llevado de Ingeniería ha sido más que buena. Promete ser una carrera estimulante, y de pensar —sobre todo de pensar—, justo lo que necesito para mantenerme entretenido.

Me he dado cuenta de que éramos cincuenta chicos y dos chicas solamente en clase. Vamos, un campo de nabos. Creo que eso me ayudará a centrarme en lo que realmente importa. Sin embargo, me da que en Psicología la cosa va a ser muy diferente.

Cuando llego al aula veo caras nuevas, otras conocidas, como cada año a principio de curso. A diferencia de Ingeniería, aquí somos cuatro chicos y cincuenta chicas. Se nota que esta carrera resulta más atractiva para las mujeres que para los hombres. Me siento en la tercera fila, al lado de la pared, para apoyarme y que el profesor tenga la menor visibilidad posible.

Durante la clase, el profesor nos habla de historia de la psicología —una asignatura que me parecería encantadora si no fuese porque estamos en tercero y tendríamos que haberla visto en primero. Pero oye, como suele decirse, más vale tarde que nunca.

Estoy oyéndolo de fondo y dibujando sobre el papel, cuando de repente alguien se aclara la garganta.

—Disculpa…

Me doy la vuelta enseguida y veo a una chica rubia, bajita, que con un poco de vergĂĽenza me dice:

—Se me ha caído el bolígrafo, ¿te importaría pasármelo?

—Claro, toma. —Me agacho a recoger el bolígrafo y me quedo mirándola mientras se lo doy. Tiene pequitas por la cara y unos ojos azules grandes. Se la ve graciosa.

—¡Muchas gracias! Es que se me ha caído y no llegaba —me dice, ruborizada.

—No te preocupes, no es molestia. —Le sonrío con educación y me doy la vuelta a mi posición original.

Pero la sonrisa me dura segundos, porque entre mis garabatos aparece un nombre.

Elena.

Apuntes en letra minĂşscula

Otra noche en blanco. No es que me sorprenda a estas alturas. Llevo dos años con el mismo ritual: meterme en la cama a las doce, dar vueltas hasta las tres, quedarme dormido media hora antes de que suene el despertador. Lo de siempre. Pero esta noche ha sido distinta porque he vuelto a soñar con ella. Con Elena. Vestida de fallera, con el traje bo…

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