
📚 Escaleta sugerida para tu novela
by David Milan
Hugo Folch estudia dos carreras a la vez para no tener tiempo de pensar. Desde que Elena le dejĂł, la depresiĂłn es un zumbido constante que solo calla cuando se agota. Silvia apenas habla en clase. Cinco años con Javi la convencieron de que no valĂa nada, y ahora hasta pedir un cafĂ© le parece un examen. Un bolĂgrafo que rueda por el suelo de Historia de la PsicologĂa los obliga a mirarse. Lo que sigue no es un flechazo: es un cuaderno de apuntes compartido, una cerveza con el grupo, una conversaciĂłn en un parque que dura hasta que encienden las farolas. Hugo reconoce en Silvia un dolor parecido al suyo. Silvia descubre que Hugo es la primera persona que no la juzga. Pero sanar no es lineal. Mientras Silvia reĂşne el valor para plantar cara a Javi y a su propia madre, Hugo se aferra a la hiperactividad como coraza. Cuando Mami, su abuela, sufre un ictus, Ă©l intentará alejar a Silvia para no perderla tambiĂ©n. Será ella quien le plante cara y le obligue a aceptar que el amor no es una condena. Una novela sobre dos personas rotas que descubren que encajan. Sobre la amistad que se transforma en amor sin pedir permiso. Sobre aprender que no necesitas etiquetas para saber a quiĂ©n quieres.
- Literary Fiction
- Romance
- Relationship Drama
- Identity Journey
- Slow Burn Romance
- Contemporary Romance
El boli que rodĂł
—Hugo, creo que no estoy preparada para continuar con esto —dice Elena, mientras se suena la nariz con un pañuelo empapado en lágrimas—. No podemos seguir manteniendo algo que es insostenible, tienes que comprenderlo.
Lo comprendĂa.
Por supuesto que lo comprendĂa.
Llevaba meses intuyendo que algo no iba bien, pero creĂ que solamente era un bache en nuestra relaciĂłn, o que al empezar la universidad nos habĂamos distanciado. Elena ya llevaba dando señales desde finales de febrero. Algo en ella habĂa cambiado, pero yo se lo achacaba todo a que estaba pasando por una montaña rusa de emociones en muy poco tiempo.
Eran las Fallas de Valencia y, casualmente, ese año le tocĂł a ella ser fallera mayor. Era un orgullo para ella —y para mĂ tambiĂ©n. Estaba feliz e ilusionada, Âży quiĂ©n era yo para meterme en sus sueños e ilusiones? Para ser sincero, tengo que decir que a mĂ las Fallas —fiesta local de la comunidad— nunca me han tenido sentido. Me parecĂa un despilfarro econĂłmico, y ver arder esas obras de arte era incomprensible para mĂ. No obstante, si a ella le hacĂa feliz, yo no tenĂa nada que decir al respecto. La apoyaba.
—Elena, creo que estamos pasando por un bache en nuestra relación. No pasa nada, todas las relaciones tienen altibajos, pero esto es cosa de dos. Si necesitas que nos tomemos un tiempo, podemos tomarlo, pero por favor… no tires por la borda casi tres años de relación —le apreté la pierna firmemente, como quien finge estar confiado en algo aunque ni de coña lo esté—. Piénsatelo, al menos. No tienes que decidir nada ahora.
Y entonces fue cuando ocurriĂł.
Lo que siempre habĂa temido.
Tuve un dĂ©jĂ vu en el que, de repente, vi todo a milĂ©simas de segundo antes de que Elena dijese lo que tanto temĂa. Y entonces lo dijo…
—¡Hugo, despierta! Ya hemos acabado por hoy. Nos vemos la semana que viene, a la misma hora —Marga, mi terapeuta, me estaba hablando sobre la sesión mientras se limpiaba las gafas con la manga de la camiseta—. Creo que vamos avanzando.
Pues sinceramente no sĂ© dĂłnde estará el puto avance que ve ella. Lo Ăşnico que avanza es la velocidad con la que me cobra las sesiones —eso sĂ le gusta a la cabrona, pasar la tarjeta por el datáfono. Pero como no me aguanto ni yo, y no tengo fuerzas para discutir, le sonrĂo y le digo socarronamente:
—Claro, Marga. Creo que ahora soy un hombre nuevo…
NĂłtese la ironĂa.
Salgo de la consulta y me dirijo a coger el coche. Lo he dejado, como todos los dĂas de sesiĂłn, en el centro comercial que está frente a la consulta de Marga. Me doy cuenta de que, a pesar de que estamos a finales de agosto y hace calor, empieza a anochecer más pronto. Eso me gusta. Me encanta el invierno. Además, este invierno promete ser como todos los inviernos desde que ocurriĂł lo de Elena: es decir, una santĂsima puta mierda.
Llevo dos años viviendo una tortura constante, desde que entrĂ© en esta depresiĂłn. Soy como un autĂłmata, como un zombi que mueve los pies y está de cuerpo presente, pero con la mente en otro sitio. Todos los dĂas son iguales, todas las tardes son iguales y todas las noches… iguales tambiĂ©n. La verdad, me replanteo si alguna vez tendrĂ© soluciĂłn, si algĂşn dĂa levantarĂ© cabeza o, por el contrario, me consumirĂ© entre mis mocos, como la cocaĂna de un yonqui resfriado.
Mañana empieza la universidad.
Marga siempre me dice que me mantenga distraĂdo y ocupado. La verdad, no sĂ© si eso me funciona. Ya sea porque, o bien me distraigo poco, o porque no tengo remedio. AsĂ que esta vez me lo he tomado en serio, eso de “estar ocupado”, y lo llevarĂ© a la máxima expresiĂłn. Este año he decidido cursar dos carreras simultáneamente.
—¿Cómo lo voy a hacer para no morir en el intento? —No lo sé, pero asà tengo algo para contarle a mis futuros nietos.
Nietos que nunca llegarán…
Joder, Elena siempre está metida hasta en el más mĂnimo e insignificante pensamiento que tengo.
Meto el portátil en la mochila. Me toca primero ingenierĂa por las mañanas y, por las tardes, empiezo el tercer curso de psicologĂa. Como he dicho antes, esta vez sĂ que me he tomado en serio eso de “estar ocupado”. Yo lo llamo vivir rápido para no pensar.
Subo al piso de arriba a darle un beso de buenas noches a mi Mami —mi abuela, pero es tan presumida que nunca ha querido que la llamemos abuela o yaya, asà que todos le decimos Mami.
—¡Hola, cariño! —me dice, tumbada en su cama, peleándose con el teléfono porque, al ser táctil y temblarle el pulso, se equivoca con los números—. ¿Mañana a qué hora te vas?
—A las ocho de la mañana, Mami. VendrĂ© a comer a las dos y me irĂ© a la facultad de PsicologĂa despuĂ©s, que entro a las tres.
—Pero si entras a las tres, entre que vas y vienes no vas a tener tiempo de reposar la comida. No me gusta que luego vayas con prisas.
—No pasa nada, ya veremos cómo me las apaño. El curso es muy largo, seguro que es cuestión de adaptarse —le digo con una sonrisa convencida—. Hasta mañana, ¡te quiero!
—¡Y yo a ti, cariño!
Por la noche me dispongo a dormir. SĂ© que Elena será el Ăşltimo pensamiento que tenga antes de cerrar los ojos… y el primero cuando los abra. Como lleva siendo costumbre cada dĂa durante los Ăşltimos dos años.
****
La primera impresiĂłn que me he llevado de IngenierĂa ha sido más que buena. Promete ser una carrera estimulante, y de pensar —sobre todo de pensar—, justo lo que necesito para mantenerme entretenido.
Me he dado cuenta de que Ă©ramos cincuenta chicos y dos chicas solamente en clase. Vamos, un campo de nabos. Creo que eso me ayudará a centrarme en lo que realmente importa. Sin embargo, me da que en PsicologĂa la cosa va a ser muy diferente.
Cuando llego al aula veo caras nuevas, otras conocidas, como cada año a principio de curso. A diferencia de IngenierĂa, aquĂ somos cuatro chicos y cincuenta chicas. Se nota que esta carrera resulta más atractiva para las mujeres que para los hombres. Me siento en la tercera fila, al lado de la pared, para apoyarme y que el profesor tenga la menor visibilidad posible.
Durante la clase, el profesor nos habla de historia de la psicologĂa —una asignatura que me parecerĂa encantadora si no fuese porque estamos en tercero y tendrĂamos que haberla visto en primero. Pero oye, como suele decirse, más vale tarde que nunca.
Estoy oyéndolo de fondo y dibujando sobre el papel, cuando de repente alguien se aclara la garganta.
—Disculpa…
Me doy la vuelta enseguida y veo a una chica rubia, bajita, que con un poco de vergĂĽenza me dice:
—Se me ha caĂdo el bolĂgrafo, Âżte importarĂa pasármelo?
—Claro, toma. —Me agacho a recoger el bolĂgrafo y me quedo mirándola mientras se lo doy. Tiene pequitas por la cara y unos ojos azules grandes. Se la ve graciosa.
—¡Muchas gracias! Es que se me ha caĂdo y no llegaba —me dice, ruborizada.
—No te preocupes, no es molestia. —Le sonrĂo con educaciĂłn y me doy la vuelta a mi posiciĂłn original.
Pero la sonrisa me dura segundos, porque entre mis garabatos aparece un nombre.
Elena.
Apuntes en letra minĂşscula
Otra noche en blanco. No es que me sorprenda a estas alturas. Llevo dos años con el mismo ritual: meterme en la cama a las doce, dar vueltas hasta las tres, quedarme dormido media hora antes de que suene el despertador. Lo de siempre. Pero esta noche ha sido distinta porque he vuelto a soñar con ella. Con Elena. Vestida de fallera, con el traje bo…

