BAJO ATAQUE

BAJO ATAQUE

En el corazón del vacío cósmico, la venganza amenaza con apagar el último sol.

by GIACOMO BIANCHI

16 chapterses-ES

Quince años de frágil armisticio saltan por los aires cuando la flota imperial de Insir reaparece desde las sombras del espacio profundo. Al mando de la armada se encuentra el general Host, un hombre consumido por el duelo y obsesionado con vengarse de la Tierra. Para el capitán Gregor Frost, al mando de la nave de guerra Vanguard, la amenaza pronto se convierte en una desesperada carrera contrarreloj entre los peligros del cinturón de asteroides y los cielos hostiles de las lunas jovianas. Pero tras el inminente ataque se esconde una verdad desgarradora: la estrella madre de Insir agoniza, y la única esperanza del Imperio reside en un arma devastadora capaz de drenar la energía del sol terrestre. Tras infiltrarse en la titánica nave insignia Monolito, Frost se verá ante una elección imposible entre el deber militar y la salvación de dos civilizaciones al borde de la aniquilación total. Una aventura épica, repleta de tensión y giros argumentales, que explora la delgada línea entre el honor, el sacrificio y la redención.

  • Science Fiction
  • Adventure
  • Space Opera
  • Military Sci-Fi
  • Action Adventure

La larga sombra de Insir

El silencio del despacho privado de Gregor Frost solo se veía interrumpido por el zumbido casi imperceptible de los purificadores de aire de la Vanguard. Al otro lado del amplio ventanal reforzado, el vacío del espacio se extendía como una alfombra de terciopelo negro, salpicada de estrellas que parecían observarlo con fría indiferencia. Gregor, un hombre cuyo rostro era un mapa de cicatrices invisibles y arrugas excavadas por el peso de mil decisiones, sostenía entre los dedos un viejo vaso de cristal, un anacronismo en aquella era de polímeros y sintéticos. El líquido ambarino de su interior reflejaba la tenue luz de los indicadores del puente de mando.

Los sueños habían vuelto a atormentarlo. No eran simples pesadillas, sino fragmentos de una realidad que el tiempo no había logrado desvanecer. Aún veía el destello del caza de Insir explotando bajo sus disparos, veía el rostro del joven piloto, casi un niño, proyectado por un instante en la pantalla antes de que el vacío se lo tragara. Aquel muchacho era el hijo del general Host. Gregor no lo sabía entonces, o tal vez sí lo sabía y había preferido no mirar. La guerra no se permitía el lujo de la piedad, pero la paz, esa frágil paz que duraba ya quince años, le había concedido demasiado tiempo para pensar.

Un golpe seco en la puerta lo sobresaltó. Aria entró sin esperar invitación, con su paso militar resonando sobre las placas metálicas del suelo. Era su primera oficial, una mujer cuya lealtad pragmática había sido la única ancla de Gregor durante aquellos años de patrulla solitaria. Su mirada se posó en el vaso y, después, en los ojos cansados del capitán. No dijo nada sobre su estado, pero la forma en que apretaba la carpeta digital delataba una urgencia que no presagiaba nada bueno.

«Capitán», comenzó ella, con voz firme pero teñida de una nota de preocupación. «Los sensores de largo alcance de la estación de monitorización de Plutón han detectado una perturbación gravitatoria masiva. No es un fenómeno natural. Es una flota, Gregor. Y viaja a la velocidad de la luz, apuntando directa al corazón del sistema solar».

Gregor sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda, una sensación que no experimentaba desde los tiempos de la gran batalla de Marte. Se levantó despacio y posó el vaso sobre el escritorio con una precisión metódica. «¿Identificación?», preguntó, aunque en el fondo ya conocía la respuesta. El destino tiene una forma cruel de pasar la factura, y la suya acababa de vencer.

«Las firmas energéticas son inconfundibles», respondió Aria, activando el holograma en el centro de la estancia. Apareció una nube de puntos rojos, una formación en cuña que avanzaba con la despiadada eficacia de un depredador. «Es la flota imperial de Insir. Y al mando de la nave insignia, la Monolito, hay una firma que nuestros archivos reconocen demasiado bien. Es Host».

El nombre resonó en la habitación como una condena. El general Host no era solo un comandante militar; era la encarnación de la venganza de todo un pueblo. Tras la derrota sufrida años atrás, Insir se había sumido en un aislamiento rabioso, reconstruyendo su poder tecnológico con el único propósito de regresar y terminar lo que había empezado. Gregor se acercó al holograma, observando la escala de la invasión. Superaba en tres veces a cualquier cosa que la Tierra pudiera desplegar en ese momento.

«Han esperado a que fuéramos vulnerables», murmuró Gregor, más para sí mismo que para Aria. «Han esperado a que la política desmantelara la mitad de nuestras defensas orbitales en nombre de la diplomacia. Y ahora Host regresa a por su trofeo».

«Hay más», añadió Aria, pulsando una tecla para aislar una transmisión encriptada que viajaba por ondas subespaciales. «Han enviado un mensaje. Va dirigido personalmente a ti, capitán. No es una petición de rendición, ni una declaración formal de guerra. Es algo más... íntimo».

Gregor asintió, haciéndole un gesto para que lo reprodujera. El aire pareció volverse más denso mientras el holograma cambiaba de forma, estabilizándose en la imagen de un hombre anciano, pero de presencia imponente. Host vestía un uniforme negro que parecía absorber la luz; su cabello era blanco como la muerte, pero sus ojos ardían con una luz malévola y lúcida. No había rastro de vacilación en su rostro, solo una determinación que trascendía la lógica militar.

«Frost», dijo la voz de Host, un sonido profundo y rasposo que parecía surgir de las entrañas de un volcán extinguido. «El tiempo de esconderse ha terminado. Has vivido quince años en el lujo de tu planeta azul, mientras yo he contado cada segundo en la oscuridad, alimentándome del recuerdo de mi hijo. No estoy aquí por vuestros recursos, ni por vuestra tierra. Estoy aquí para verte caer. Quiero que huelas el metal quemado y sientas el frío del vacío mientras todo lo que amas se hace pedazos. La flota de Insir no se detendrá hasta que tu corazón deje de latir. Prepárate, Gregor. Tu final es la única luz que ilumina mi camino».

La imagen se desvaneció, dejando un silencio ensordecedor en la sala. Aria miró a Gregor, esperando una orden, una palabra de mando que pudiera disipar la oscuridad de aquel mensaje. Pero el capitán permaneció inmóvil, con la mirada fija en el punto donde el holograma acababa de desaparecer. Casi podía sentir la presión de la flota enemiga aproximándose, un muro de hierro y odio que surcaba el vacío a una velocidad inimaginable.

«Debemos alertar al Mando Estelar», dijo Aria, rompiendo por fin el hechizo con su voz. «Tenemos que movilizar hasta la última nave, cada satélite de defensa. Si avanzan a la velocidad de la luz, dispondremos de menos de seis horas antes de que alcancen la órbita de Saturno».

«Ya lo saben, Aria», respondió Gregor, volviéndose hacia ella. Su mirada había cambiado; el cansancio había dejado paso a una fría lucidez. «Pero el Mando Estelar es lento, está atascado en la burocracia. Host no nos dará tiempo para debatir en comisiones. Me quiere a mí. Y si me quiere a mí, le daremos lo que busca, pero bajo nuestras condiciones».

Se dirigió hacia la puerta, con la capa de la Vanguard ondeando ligeramente tras de sí. Sabía que aquella no sería una batalla ordinaria. Era un duelo entre dos hombres a los que el destino había unido mediante un hilo de sangre, y el campo de batalla sería el sistema solar entero. Mientras salía al pasillo, el sonido de las sirenas de alarma comenzó a retumbar por toda la nave, un lamento electrónico que anunciaba el principio del fin.

Vivinotes: El capitán Gregor Frost recibe la noticia del regreso del general Host, quien lidera una flota imperial para vengar a su hijo, muerto años atrás. Pronto, un secreto enterrado entre las estrellas comenzará a salir a la luz.

El latido del metal frío

Los pasillos de la Vanguard eran un hervidero de actividad frenética. Soldados con armadura ligera corrían hacia sus puestos de combate, los técnicos transportaban cajas de munición y los drones de reparación zumbaban sobre las cabezas del personal, emitiendo señales acústicas de urgencia. Gregor Frost caminaba a través de aquel caos con una calma

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