
CENTOCELLE
En el corazón de la barriada romana, una guerra invisible entre cemento, sangre y poder
by GIACOMO BIANCHI
Al amanecer, los callejones de Centocelle despiertan bañados en sangre. Una brutal ejecución desata una guerra feroz entre el hampa histórica local y una despiadada organización paramilitar extranjera, decidida a conquistar la barriada túnel a túnel. El comisario Aurelio no tiene tiempo para la burocracia. Entre emboscadas en los subterráneos del Acueducto Alejandrino, atentados con explosivos en el mercado de abastos y compañeros tomados como rehenes, intuye que no se trata de una simple disputa entre bandas. Tras la estela de cadáveres se mueven poderes financieros ocultos, dispuestos a destripar el barrio con una multimillonaria especulación inmobiliaria blindada por las altas esferas institucionales. Junto a su leal inspectora Daria, Aurelio se verá obligado a quebrantar todos los protocolos y a forjar pactos peligrosos con la vieja guardia criminal con tal de salvar su propia ciudad. Un noir urbano visceral e implacable, donde la justicia tiene el sabor amargo del asfalto romano.
- Crime Fiction
- Mystery
- Thriller
- Police Procedural
- Noir
- Organized Crime
Plomo frío sobre los castaños
La luz sucia del amanecer luchaba por abrirse paso entre las cornisas desconchadas de los bloques de viviendas sociales. Aurelio caminaba con las manos hundidas en los bolsillos del chaquetón impermeable, y sus zapatos producían un ruido sordo a cada contacto con los adoquines húmedos de lluvia mezclada con gasóleo. El aire olía a pan recién horneado, gases de escape y hierro quemado. Era la mezcla química habitual que se estancaba en las gargantas de quienes vivían en Centocelle, pero esa mañana había un olor diferente, más denso y dulzón, que ninguna panadería de barrio habría podido enmascarar jamás.
Frente a la persiana metálica de malla ancha del bar de la esquina con via dei Castani, la cinta bicolor de la policía delimitaba un perímetro de quince metros cuadrados. Las luces azules de dos coches patrulla rebotaban en los cristales de las ventanas aún cerradas, proyectando reflejos entrecortados y espectrales sobre las fachadas de toba amarilla.
«Dos tiros en la nuca a cada uno, comisario», dijo Daria, acercándose sin apartar la mirada del pavimento. Llevaba el cuello del abrigo subido y sostenía una carpeta de plástico transparente con las primeras fotografías periciales en su interior. «Ningún signo de forcejeo. Estaban subiendo la persiana para el turno de las cinco. Los pillaron por la espalda antes de que pudieran siquiera encender la cafetera.»
Aurelio levantó la cinta y entró en la zona roja. Los cuerpos yacían caídos el uno sobre el otro en el escalón de la entrada. Sangre densa, oscura como el alquitrán, goteaba lentamente hacia la rejilla de desagüe de la acera, mezclándose con el agua de lluvia. Los rostros ya no eran reconocibles, transformados en máscaras informes por el impacto de las balas de punta hueca disparadas a quemarropa.
«¿Los has identificado?», preguntó Aurelio, con la voz ronca por el humo del primer cigarrillo encendido con el estómago vacío.
«Los primos de Raniero», respondió Daria con voz firme, pero con una rígida contracción de la mandíbula. «Los chavales que gestionaban los suministros para toda la zona entre piazza dei Mirti y via delle Robinie. Todo limpio en apariencia, pero sabemos de sobra quién llevaba los libros mayores de la caja común.»
Aurelio sacó del bolsillo interior una libreta de cuero desgastado, con las esquinas redondeadas por el tiempo y el uso de los dedos. Era un objeto de hacía quince años, lleno de anotaciones apretadas, flechas, matrículas tachadas y nombres rodeados con un círculo tres veces. Pasó las páginas hasta una serie de notas redactadas el invierno anterior. La dinastía de Raniero controlaba ese cuadrante desde hacía más de medio siglo. Siete generaciones de cuatreros, luego contrabandistas de tabaco y, por último, señores absolutos del menudeo y los alquileres en negro en los grandes bloques de viviendas con corredor. Nadie se había atrevido jamás a disparar al aire libre, a cincuenta metros de una parada de tranvía, contra la carne de su propia sangre.
«¿Los casquillos?», preguntó Aurelio, inclinándose hacia el suelo sin tocar nada.
«Nueve milímetros parabellum, marcados con cuños de Europa del Este», explicó Daria, señalando los conos de plástico amarillo numerados dispuestos sobre la acera. «Nada de cañones cortos de delincuente de tres al cuarto. Quien disparó tenía el pulso firme, recogió los casquillos caídos fuera de trayectoria y dejó solo estos tres como firma. Es gente que conoce el oficio de la guerra, comisario. No son críos con la moto trucada.»
Un ruido metálico llamó la atención de Aurelio. Tras el cordón de seguridad, un puñado de vecinos empezaba a congregarse detrás de los cubos de basura. Mujeres ancianas con carritos de la compra vacíos, albañiles con monos manchados de cal, muchachos con los ojos todavía hinchados de sueño. Nadie hablaba. Los rostros estaban tensos, impasibles, marcados por esa omertà biológica que no nacía de la complicidad, sino del puro instinto de supervivencia. Centocelle conocía el peso del plomo: cuando la calle empezaba a hablar con pistolas, la gente de bien cerraba las persianas y apagaba la televisión para no llamar la atención en la oscuridad.
Tiziano, el joven agente de patrulla asignado a la Brigada Móvil desde hacía apenas tres meses, se acercó a Aurelio sosteniendo en la mano una bolsa para muestras biológicas precintada.
«Inspector, hemos encontrado esto entre los arbustos de la jardinera junto a la cabina telefónica en desuso», murmuró el muchacho, con los ojos delatando un ligero nerviosismo.
Dentro del plástico transparente había un teléfono móvil oscuro, macizo, sin cámaras y con el teclado físico desgastado en puntos estratégicos. Uno de esos aparatos de circuito cerrado utilizados por las redes paramilitares y los cárteles del contrabando internacional para intercambiarse coordenadas GPS sin pasar por los repetidores convencionales.
Aurelio tomó la bolsa, observó la pantalla de cristal líquido apagada y sintió el frío del plástico penetrar a través del látex de los guantes. La presencia de Petar y de su estructura logística ya no era una hipótesis confinada a los informes confidenciales de la dirección central. Aquella ejecución era una declaración de conquista territorial, metódica y carente de cualquier negociación.
De pronto, la pantalla del teléfono dentro de la bolsa se iluminó con una luz verde ácida. Un zumbido sordo e intermitente rompió el silencio de la acera. En la pantalla apareció una cadena de caracteres cirílicos seguida de una cuenta atrás que empezó a descontar los segundos.
Vivinotes: Aurelio examina la escena del doble homicidio que da inicio a la guerra entre clanes en el corazón del suburbio. El temporizador del teléfono cifrado marcará muy pronto una nueva ola de violencia.
Sombras densas en los patios de toba
El zumbido del teléfono cifrado se apagó tras tres tonos secos, dejando la pantalla de nuevo oscura e inexpresiva. Aurelio no dijo ni una palabra. Le entregó el sobre directamente a Daria, ordenándole que lo transmitiera de inmediato a la sección informática de la policía científica con la máxima prioridad. Los patios interiores de los bloques de v…
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