EL PASADO REGRESA

EL PASADO REGRESA

La justicia puede tardar veinte años, pero la culpa nunca se borra

by GIACOMO BIANCHI

16 chapterses-ES

Un secreto enterrado en el lodo durante veinte años. Una venganza a punto de estallar. Guido Serganti es uno de los abogados más respetados de Roma: carrera impecable, bufete de prestigio, familia ejemplar. Nadie imagina que su imperio está cimentado sobre una mentira atroz: la condena de un inocente para encubrir los vertidos tóxicos de un poderoso gigante industrial. Cuando Dante Marini se fuga de prisión y hace llegar un viejo botón ensangrentado al escritorio de Guido, comienza la cuenta atrás. Las amenazas golpean el corazón de su vida: su esposa Elena y su hijo Fabio se convierten en el objetivo, mientras la red de alianzas del abogado se desmorona en una vorágine de corrupción, policías corruptos y traiciones insospechadas. Acosado por un pasado que exige sangre y atrapado entre la vida de sus seres queridos y su propia ruina, Guido se verá abocado a una elección extrema: seguir mintiendo o desvelar el terrible engaño ante el mundo entero, pagando el precio definitivo por la redención. Un thriller legal de infarto que profundiza en los abismos de la culpa y el remordimiento.

  • Thriller
  • Mystery
  • Crime Fiction
  • Legal Thriller
  • Revenge Thriller
  • Crime Thriller

El papel que corta la respiración

La luz de la mañana se filtra a través de los amplios ventanales del bufete de abogados en Via Giulia, cortando el aire denso de polvo dorado y aroma a cera para muebles. Guido está sentado ante su escritorio de caoba, una superficie brillante que refleja su rostro cansado. Tiene cuarenta y ocho años, pero las profundas ojeras y el gris que avanza por sus sienes sugieren muchos más. Su prestigio como penalista en Roma es indiscutible, construido a base de victorias imposibles y una moral que a menudo se ha doblegado ante las necesidades del código penal.

Frente a él, entre las pilas de expedientes y las notificaciones del juzgado, descansa un sobre blanco. No tiene sello, no tiene matasellos. Su nombre está escrito en letras de imprenta, con una tinta negra que parece haber arañado el papel. Guido lo observa con una desconfianza instintiva. Su mano, habitualmente firme durante los alegatos más apasionados, tiembla imperceptiblemente mientras toma el abrecartas de plata.

El crujido del papel rasgándose es el único sonido en la habitación insonorizada. En su interior, una sola hoja doblada por la mitad. Pocas palabras, pero capaces de helar la sangre: «¡El pasado vuelve!».

Guido relee la frase tres, cuatro veces. No es la amenaza en sí lo que le impresiona, sino la certeza de que alguien ha violado el santuario de su oficina para entregarla. Se levanta, camina hacia la ventana y observa el caótico tráfico de Lungotevere. Los coches fluyen como hormigas enloquecidas y, por primera vez en su vida, se siente observado. Cada transeúnte, cada conductor, podría ser el autor de ese mensaje.

La puerta del despacho se abre sin llamar. Es Carla. Su secretaria de toda la vida no necesita formalidades. Ha pasado de los cincuenta, lleva el pelo corto y canoso con una dignidad de acero y sus ojos pequeños e inteligentes notan de inmediato la tensión en los hombros de Guido.

«Guido, tienes la cara de quien acaba de ver un fantasma», dice ella, dejando una bandeja con café en la mesita baja.

Él no responde enseguida. Señala con un gesto de la cabeza el papel sobre el escritorio. Carla se acerca, lo lee y su rostro no delata emoción, pero sus dedos se aferran con fuerza al borde de la mesa. Ella lo sabe. Ella estaba allí cuando todo empezó, veinte años atrás.

«¿Crees que es él?», susurra Carla, bajando el tono de voz como si las paredes pudieran escuchar.

«¿Ha salido Dante?», pregunta Guido, ignorando la pregunta.

«No debería. La sentencia era clara. Pero ya sabes cómo funcionan los permisos, la buena conducta. Tengo que comprobarlo».

Guido vuelve a sentarse. El café quema, pero él da un largo sorbo, intentando ahuyentar el sabor metálico del miedo. «El pasado nunca vuelve solo, Carla. Alguien lo empuja. Quienquiera que haya sido el que ha puesto este sobre aquí dentro, sabe cómo moverse. Ha evitado las cámaras del pasillo, ha evitado la recepción».

«¿Quizá alguien que trabaje aquí?», sugiere ella.

Guido niega con la cabeza. «No, demasiado arriesgado. Es un mensaje directo. Me está diciendo que mis defensas son inútiles».

Se levanta de nuevo, esta vez con una energía nerviosa que lo lleva a pasear de un lado a otro de la habitación. Su mente, acostumbrada a descomponer los delitos en elementos objetivos y subjetivos, intenta trazar un mapa de cada posible enemigo creado a lo largo de dos décadas de profesión. Pero esa frase específica, esa referencia al pasado, apunta directamente a un único punto oscuro de su carrera. El caso Marini. Un hombre condenado, una familia destrozada y una prueba que Guido había preferido no investigar a fondo para no comprometer su estrategia de defensa.

«Llama a Bruno», ordena Guido. «Dile que necesito un favor personal. Ya».

Carla asiente y se dirige hacia la puerta, pero se detiene con la mano en el picaporte. «¿Y Elena? ¿Se lo dirás?».

«No. Elena no debe saber nada. Todavía no. Es arquitecta, vive de líneas rectas y espacios abiertos. No entendería las sombras en las que me muevo yo».

Al quedarse solo, Guido vuelve a coger la carta. La huele, buscando algún olor, una marca, cualquier cosa. Nada. Solo el olor neutro del papel industrial. De repente, un ruido metálico, como un clic seco, llega desde el pasillo exterior. Guido se inmoviliza. Carla ya se ha marchado a su despacho. El personal está en la pausa para el almuerzo.

Se acerca a la puerta con cautela. El corazón le late contra las costillas como un animal atrapado. Agarra el picaporte, lo gira despacio y abre la puerta de par en par. El pasillo es largo, iluminado por luces de neón que zumban de forma molesta. No hay nadie. Pero al fondo, cerca del ascensor, una de las puertas cortafuegos aún oscila ligeramente, como si alguien acabara de cruzarla deprisa.

Guido corre hacia la puerta, la abre de golpe y se encuentra en las escaleras de emergencia. El silencio es absoluto, roto solo por el eco de sus pasos sobre el hormigón. Baja un piso, luego dos. Nada. Regresa sobre sus pasos, con la respiración entrecortada. Cuando vuelve a entrar en su despacho, advierte un detalle que antes se le había escapado.

En su sillón, justo donde estaba sentado hacía escasos minutos, hay un pequeño objeto. Un viejo botón de latón, oxidado, con el emblema de una empresa de transportes ya desaparecida. Le flaquean levemente las rodillas. Aquel botón pertenecía a la chaqueta de Dante el día del juicio.

Vivinotes: Guido recibe una amenaza anónima vinculada a un viejo caso y descubre un botón perteneciente a un hombre condenado años atrás. Pronto, una sombra familiar empezará a seguirle hasta la puerta de su casa.

Sombras entre las carpetas polvorientas

El botón de latón parece arder sobre la superficie de caoba. Guido lo observa con la misma intensidad con la que un biólogo estudiaría un virus letal. Carla regresa a la habitación con el rostro ceniciento. Ha visto a Guido correr hacia las escaleras y ha comprendido que la situación estaba degenerando más rápido de lo previsto. «¿Qué pasa?», pregu

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