La dama más allá del lienzo

La dama más allá del lienzo

Un amor más allá de los confines del tiempo, pintado para desafiar a la eternidad

by GIACOMO BIANCHI

20 chapterses-ES

A veces basta una sola mirada para borrar doscientos años de distancia. Durante la tasación de una misteriosa pintura de 1805, el crítico de arte Franco Mieli queda deslumbrado por el magnetismo de una dama desconocida. Una atracción fatal e inexplicable que quiebra toda ley natural, desatando una tormenta que lo catapulta directamente al Milán del siglo XIX. Perdido en una época rígidamente pautada por las convenciones, Franco conoce a Clarissa Sonzogni, la fascinante joven del lienzo, atrapada en un matrimonio de conveniencia que rechaza con orgullo. Para protegerla y acercarse a ella, se hace pasar por su retratista. Entre pullas irresistibles, anacronismos desternillantes y secretos inconfesos, la complicidad pronto se transforma en una pasión arrolladora. Pero el vórtice temporal amenaza con devolverlo al presente, con el riesgo de borrarlo todo. Para cambiar el destino de Clarissa, Franco tendrá que hacer lo impensable: pintar con sus propias manos el retrato que lo guio desde el futuro y elegir entre regresar a su mundo o quedarse a vivir junto a la mujer que ama. Una novela vibrante y romántica, donde el arte y el tiempo se funden en el poder indómito del amor verdadero.

  • Science Fiction
  • Romance
  • Historical Fiction
  • Time Travel
  • Historical Romance
  • Friends to Lovers

El retrato sin nombre

El olor a trementina, cola de conejo y polvo secular era el único aroma que Franco Mieli reconocía como hogar. En el sótano de la Pinacoteca de Brera, donde los techos abovedados retenían la humedad de los días lluviosos de Milán, la luz blanca de los tubos fluorescentes caía implacable sobre las mesas de trabajo. Cada caballete albergaba una herida del tiempo: lienzos cuarteados, barnices amarilleados por el humo de las velas, bordes desgastados por bastidores demasiado estrechos. Armado con una lupa y un cuaderno, Franco avanzaba con la metódica paciencia que le había granjeado la estima de sus colegas y la impaciencia de los apresurados.

Un paso rígido resonó sobre las baldosas de gres. Giorgio Miceli avanzaba apretando una cartera de cuero oscuro bajo el brazo, con la camisa almidonada asomando por debajo del jersey gris marengo. El director del museo no era amigo de perder el tiempo, y menos aún a tres semanas de la inauguración de la gran muestra dedicada a la pintura lombarda de principios del siglo XIX.

«Mieli, deje de lado por un momento ese paisaje anónimo de Il Piccio», dijo Miceli, plantándose ante su mesa sin concederse el lujo de dar los buenos días. Dejó caer la cartera con un golpe sordo entre dos frascos de disolvente. «Tenemos un problema documental. Ha llegado esta mañana desde una colección privada de Monza. Sin atribución segura, sin rastro en los archivos parroquiales o notariales antes de 1840».

Franco levantó la vista tras sus gafas de carey, pasándose una mano por el cabello castaño, ya irremediablemente alborotado. «¿Una obra fantasma? Por lo general, las colecciones de la Brianza no deparan más que copias mediocres de Appiani o retratos de familia sin pretensiones».

«Compruébelo usted mismo», replicó el director, señalando un caballete cubierto con una tela de lino tosco, ubicado en el rincón más apartado del taller. «La ficha técnica preliminar indica una datación aproximada en torno a 1805. Óleo sobre lienzo, sesenta por ochenta centímetros. Quiero un informe pericial estilístico completo y el estado de conservación para esta tarde. El comité científico se reúne mañana a las nueve, y no pienso presentar un signo de interrogación en el catálogo de nuevas adquisiciones».

«¿Para esta tarde?» Franco arqueó una ceja, cruzando los brazos sobre su jersey de canalé. «Un análisis riguroso de los pigmentos lleva tiempo, Giorgio. Por no hablar de la reflectografía para comprobar posibles arrepentimientos bajo la imprimación».

«Haga lo que mejor sabe hacer: mire la superficie y dígame quién movía la mano», zanjó Miceli, consultando el cronógrafo de acero de su muñeca. «Nada de disquisiciones etéreas, solo hechos. Los plazos de montaje son ajustadísimos y los patrocinadores no pagan por nuestras dudas». Dio media vuelta sin esperar respuesta, dejando tras de sí una estela de colonia amarga y la puerta del taller golpeando contra el marco.

Al quedarse solo, Franco sacudió la cabeza con una media sonrisa. El silencio del sótano volvió a densificarse, roto tan solo por el zumbido constante del sistema de deshumidificación. Se acercó al caballete apartado. Agarró el borde de la tela de lino y la levantó con un movimiento fluido, doblándola sobre una silla.

La visión de la pintura le golpeó con la violencia física de un impacto en el pecho. Franco se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. Del lienzo emergió la figura de medio cuerpo de una mujer joven vestida con un atuendo de muselina blanca de talle alto, según la moda neoclásica de la era napoleónica. Pero no fue el vestido, ni la suave cinta de seda que recogía sus rizos dorados lo que lo clavó en el sitio. Fueron los ojos.

Eran unos grandes iris de color avellana, cargados de una orgullosa melancolía, velados por una sutil ironía que parecía desafiar al espectador a través de los siglos. Había algo intolerablemente vivo en aquella mirada. No la habitual pose rígida y académica de las damas nobles retratadas para complacer a un cónyuge o celebrar una dote, sino una chispa rebelde, casi un ademán de burla apenas contenido en sus labios entreabiertos. El cuadro, además, parecía inacabado: los pliegues del chal sobre los hombros y el fondo oscuro apenas estaban esbozados con rápidos toques de sombra, mientras que el rostro poseía un acabado magistral, vibrante de calidez humana.

Franco sintió un latido sordo martilleándole en la garganta. Conocía ese rostro. La idea era absurda, inconcebible para un estudioso acostumbrado a catalogar el pasado con la frialdad de un cirujano; sin embargo, la sensación era tan nítida que le hizo perder el equilibrio. Recordaba la curva exacta de la mandíbula, la sombra tenue bajo el pómulo izquierdo, incluso el modo en que un mechón rebelde escapaba del peinado para rozarle la clavícula.

«¿Quién eras?», murmuró en voz alta, reducida su propia voz a un susurro entre las paredes encaladas.

Encendió la lámpara halógena de mesa para dirigir el haz de luz rasante hacia el cuadro. La materia pictórica era extraordinaria. Las pinceladas del rostro eran rápidas, densas, aplicadas con una seguridad que desafiaba los cánones pulidos del neoclasicismo milanés. Parecía casi como si el autor hubiera pintado con la urgencia de quien teme perder a la modelo de un momento a otro, deteniendo la expresión antes de que el tiempo pudiera borrarla.

Olvidándose de los guantes de algodón blanco depositados en la bandeja de herramientas, Franco estiró la mano derecha. El protocolo museístico prohibía cualquier contacto directo con la superficie pintada, pero un impulso ciego guio sus dedos afilados. Quería palpar el grano del empaste, comprobar si esa calidez aparente no era más que un engaño visual creado por la sabia modulación de los ocres y el albayalde.

La yema de su dedo índice rozó el cuello del vestido, justo debajo del nacimiento del cuello de la mujer.

Una sacudida seca le recorrió el brazo, semejante a una descarga electrostática pero infinitamente más profunda. Franco intentó retirar la mano, pero sus dedos quedaron pegados al lienzo como atraídos por un imán titánico. En ese mismo instante, los tubos fluorescentes del techo emitieron un silbido agudo y comenzaron a parpadear frenéticamente, tiñendo la sala de destellos intermitentes.

El aire se saturó de un olor metálico, acre como el ozono tras un rayo. Las fichas de papel dispersas sobre la mesa empezaron a crujir, elevándose en pequeños remolinos de aire frío que barrieron lápices, lupas y botes de disolvente. Las herramientas de acero situadas en la balda metálica empezaron a vibrar al unísono, tintineando en un crescendo histérico.

«Qué demonios...», gruñó Franco, afianzando los pies en el suelo en un intento desesperado por arrancar la mano del cuadro.

El lienzo ya no era sólido. Bajo su piel, la superficie al óleo latía con la cadencia regular de un músculo cardíaco. Del centro exacto del pecho de la dama noble, allí donde el pigmento aún se notaba rugoso, brotó una lumiscencia dorada y densa como la miel líquida. La luz se dilató en círculos concéntricos, rasgando la trama del lino sin romperla, transformándose en un vértigo giratorio que devoró los contornos del caballete.

Franco intentó gritar para llamar a Miceli, para pedir auxilio, pero el aire le fue arrebatado de los pulmones. La fuerza gravitatoria que emanaba de la fractura luminosa se volvió insostenible. La mesa de trabajo salió despedida hacia atrás con un estruendo descomunal, mientras el suelo bajo sus zapatos parecía perder consistencia, convirtiéndose en una vorágine de sombra líquida.

Las paredes del taller de Brera, los calendarios colgados, las estanterías repletas de disolventes y archivadores se desintegraron como ceniza aventada. La luz moderna se apagó de golpe, engullida por un vórtice rugiente que arrastró a Franco hacia el núcleo de la pintura. Antes de que la oscuridad absoluta lo devorara, le pareció distinguir una vez más aquellos ojos color avellana, ya no prisioneros del barniz, sino vivos, cercanos, prestos a recibirlo.

Luego cayó, y el tiempo dejó de tener sentido.

Barro y carruajes

Un golpe sordo, seguido del impacto viscoso contra piedras desiguales, le devolvió a Franco la conciencia de su propio cuerpo. El sabor ferroso de la sangre le bañaba el labio inferior, mezclado con el fango frío que se le había pegado a la mejilla derecha. Intentó respirar, pero el aire le llenó los pulmones con una bocanada nauseabunda de estiérc

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