
LOS CRÍMENES DE TRASTEVERE
Las investigaciones del comisario Guglielmi
by GIACOMO BIANCHI
En el corazón antiguo y laberíntico de Trastevere, una serie de brutales homicidios quiebra la aparente serenidad del barrio. Tres estimados profesionales son asesinados con escaso margen de tiempo mediante métodos desconcertantes: disparos con arma de fuego en un patio secreto, un violento degollamiento entre los expedientes de un despacho de abogados y un estrangulamiento calculado al milímetro. Para el comisario Francesco Guglielmi y la inspectora Teresa Corsi, despachar los hechos como trágicas fatalidades aisladas resulta imposible. Tras la aparente discordancia de las ejecuciones se oculta una mente lúcida, guiada por un plan implacable. Escarbando en polvorientos archivos y en los subterráneos de toba del barrio, los investigadores sacan a la luz un escándalo sepultado veinte años atrás: una quiebra fraudulenta que destruyó a una familia y que ahora clama venganza. Mientras el cerco se estrecha y testigos reticentes intentan salvarse, Guglielmi se enfrentará a una carrera contra el reloj para detener la última sentencia capital. Una absorbente y tensa novela policíaca que explora los abismos del odio humano sobre los adoquines de la Ciudad Eterna.
- Mystery
- Crime Fiction
- Police Procedural
- Murder Mystery
- Detective Story
- Serial Killer
Sangre sobre la piedra de San Cosimato
La lluvia azotaba los tejados de Trastevere con una violencia metódica, transformando las pendientes de adoquines alrededor de la piazza San Cosimato en canales de fango grisáceo. Al amanecer le costaba abrirse paso entre las nubes bajas cargadas de humedad tiberina, dejando los faroles aún encendidos para proyectar destellos débilmente anaranjados sobre el asfalto viscoso. A esa hora de un lunes de finales de otoño, el silencio del barrio no se había roto por el ajetreo habitual de los puestos del mercado, sino por el retumbo metálico de las sirenas que habían despertado a toda la manzana.
Francesco Guglielmi se apeó del coche patrulla a la entrada de la plaza, cerrándose el cuello del abrigo de lana para contener las ráfagas gélidas. Caminaba con paso mesurado sobre los adoquines mojados, con los ojos grises escrutando los portales y callejones circundantes incluso antes de cruzar el arco de entrada del Palazzo Manara. En el exterior del imponente zaguán renacentista, un pequeño gentío de vecinos se agolpaba tras las vallas provisionales, mientras un par de periodistas locales trataban de sonsacar información asomando libretas y micrófonos más allá de la cinta bicolor.
El agente Ferrara vigilaba el paso erguido y con las manos firmes en el correaje reglamentario. El uniforme impecable contrastaba con la evidente tensión que le tensaba la mandíbula mientras rechazaba con firmeza cortés los intentos de intromisión de los curiosos. Al reparar en la llegada del comisario, el joven policía cuadró el paso en señal de atención, esbozando un saludo formal que delataba el pulso acelerado por su primer crimen de relevancia en el distrito.
"Nadie ha cruzado el perímetro establecido, comisario", informó Ferrara en voz baja, esforzándose por mantener un tono firme. "Hemos apartado al portero y aislado el acceso por las caballerizas laterales."
"Siga así, Ferrara", respondió Guglielmi con voz sosegada, posándole brevemente una mano en el hombro. "No deje pasar a un alma hasta que lleguen los compañeros de la Científica, se presente quien se presente."
En el interior del patio cuadrangular, la piedra serena de los soportales chorreaba agua por las acanaladuras de los pilares. Bajo la bóveda, el reflejo azulado de los rotativos dibujaba sombras alargadas sobre las paredes de revoco desconchado. En el centro del espacio abierto, tendido sobre el enlosado justo al pie del pilón monumental de travertino, yacía el cuerpo sin vida de un hombre adulto. Una mancha densa de sangre oscura se extendía alrededor del tórax, diluida en los bordes por el velo de agua de lluvia que resbalaba hacia los sumideros de desagüe.
La inspectora Teresa Corsi estaba en cuclillas a un par de metros del cadáver, con los guantes de látex ya puestos y la mirada vigilante clavada en los detalles del enlosado. Se incorporó al acercarse el comisario, apretando los labios en una mueca de seca contrariedad.
"Es Corrado Nardi", dijo Teresa sin preámbulos, señalando las facciones desencajadas del hombre tendido de espaldas. "Sesenta y un años, perito agrimensor y tasador técnico reputado. Su despacho está a doscientos metros de aquí, hacia via della Lungaretta. El portero oyó dos detonaciones secas poco antes de las seis, pero pensó que sería la explosión de un transformador antes de bajar y encontrárselo en este estado."
Guglielmi se calzó los cubrezapatos de polietileno y avanzó por el pasillo delimitado por los conos de plástico amarillo. Se inclinó sobre el cuerpo con la calma analítica de costumbre, haciendo caso omiso de la lluvia que le mojaba el pelo entrecano. La víctima vestía un abrigo oscuro de sastrería, todavía abotonado en parte. A la altura del esternón y de la región paraesternal izquierda se apreciaban dos orificios nítidos en el tejido de paño grueso, rodeados por un halo concéntrico de quemadura y pólvora sin deflagrar. Los tejidos cutáneos subyacentes parecían desgarrados por proyectiles de grueso calibre, que habían atravesado la caja torácica quebrando los cartílagos costales y provocando una copiosa hemorragia interna, que luego brotó a borbotones por la herida y por la boca entreabierta del hombre.
"A quemarropa o poco más", murmuró Guglielmi, observando la disposición de las trayectorias lesivas sin rozar el cuerpo. "El tirador estaba exactamente frente a él, a menos de un metro. Dos disparos directos a centros vitales, colocados con precisión quirúrgica. Ni un tiro errado, ni el menor titubeo en la trayectoria."
"Tampoco hay indicios de forcejeo", añadió Teresa, alumbrando el pavimento con la linterna de bolsillo. "Los nudillos de las manos están intactos, el abrigo no presenta desgarros en los ojales y no se aprecian rozaduras por arrastre. El reloj de oro de la muñeca sigue en su sitio, igual que la cartera repleta de billetes en el bolsillo trasero de los pantalones. Podemos descartar de raíz la hipótesis de un atraco que se fue de las manos."
Guglielmi dio una vuelta lenta y circular alrededor de la fuente, escudriñando cada una de las juntas entre los sillares de piedra. El velo de agua que discurría hacia las alcantarillas estaba limpio de restos metálicos. La ausencia de un detalle fundamental atrajo su atención con la exactitud de una alarma.
"¿Casquillos?", preguntó el comisario, levantando la vista hacia la inspectora.
"Nada", respondió Teresa sacudiendo la cabeza con un ademán tajante. "Hemos peinado a fondo los diez metros cuadrados circundantes antes de que la lluvia arreciara. Ni un casquillo expulsado. O disparó con un revólver de tambor sellado, o se tomó la molestia, a oscuras y bajo el diluvio, de recoger minuciosamente los casquillos metálicos antes de huir hacia el callejón trasero."
"Una pauta incompatible con la delincuencia común", observó Guglielmi con voz firme. "Quien dispara en caliente huye presa del pánico. Aquí nos encontramos ante un sujeto metódico, lúcido, que domina la escena antes y después de abatir al objetivo."
El comisario bajó la mirada hacia la solapa entreabierta del abrigo de la víctima. Del bolsillo interior asomaba el borde rígido de un sobre de hule, protegido en parte de la humedad del exterior. Con movimientos milimétricos, sirviéndose de la punta de unas pinzas estériles, Guglielmi extrajo el pliego para examinar el contenido sin alterar posibles restos biológicos en los bordes. En su interior no había trámites urbanísticos recientes ni certificados catastrales en curso: los folios amarillentos, trazados a tinta china negra con sellos notariales ya desvaídos, mostraban las planimetrías de fincas inmobiliarias entre via dei Genovesi y piazza in Piscinula.
Teresa dirigió el haz de la linterna hacia las anotaciones manuscritas al pie del plano técnico. "Estas obras no son actuales. Fíjese en las fechas de los sellos del registro: son de hace más de veinte años. Remiten a los inmuebles incautados durante la quiebra de la cooperativa de viviendas San Callisto, antes de las subastas concursales."
"¿Qué pintaba un perito como Nardi con legajos judiciales de hace veinte años a las seis de la mañana en un patio privado?", comentó Guglielmi, cerrando el sobre con suma cautela antes de depositarlo en el contenedor de pruebas. "Una cita al amanecer, con documentos de archivo encima y un ejecutor aguardándolo en la sombra con un arma lista."
A la entrada del zaguán, la voz potente del agente Ferrara resonó autoritaria para reiterar las órdenes: "Atrás, por favor. Esto es un perímetro judicial, nadie puede permanecer en la acera."
Guglielmi contempló al joven policía manteniendo el cordón de seguridad con encomiable rigor formal; luego volvió a fijarse en los ojos vidriosos del agrimensor desplomado sobre el travertino, mientras la sangre seguía fluyendo despacio hacia el sumidero. Una densa sombra gravitaba sobre aquel patio anegado. No se trataba de un ajuste de cuentas fortuito de los bajos fondos, sino de la primera pieza de un plan punitivo urdido al detalle, abocado a arrastrar a todo el barrio a una espiral de violencia imparable.
"Corsi, ordene acordonar también el callejón trasero y disponga la inspección balística en los muros", ordenó Guglielmi, al tiempo que los faros del furgón de la científica iluminaban el arco de entrada. "Esta historia hunde sus raíces muy atrás, y me temo que la piedra de Trastevere no ha hecho más que empezar a teñirse de sangre."
El silencio de la balística
El aire frío de los sótanos del Instituto de Medicina Legal de viale Regina Elena conservaba el habitual olor dulzón a fenol y formalina. Bajo los tubos fluorescentes que vibraban con un zumbido imperceptible, el cuerpo de Corrado Nardi yacía bocarriba sobre la superficie de acero inoxidable, iluminado por el haz orientable de la lámpara cialítica.…
Want to read the rest?
Get the full book here:

