ISRAEL, LA NACIÓN DE DIOS

ISRAEL, LA NACIÓN DE DIOS

Historia, profecía bíblica y el propósito eterno de Jerusalén ante el fin de los tiempos

by Harvest Books International

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¿Cuál es el verdadero papel de Israel en el tablero geopolítico y espiritual de nuestro tiempo? Lejos de ser una simple cuestión territorial o un conflicto contemporáneo más, la historia del pueblo hebreo y de la ciudad de Jerusalén constituye el eje sobre el que gira el propósito profético de Dios para la humanidad. Desde el pacto incondicional sellado con Abraham hasta la compleja realidad del siglo XXI, este libro desentraña las claves históricas, teológicas y escatológicas que definen el destino de la nación escogida. A través de una exhaustiva investigación, Raúl Ramos refuta con solidez bíblica la teología del reemplazo, desglosando la vigencia irrevocable de las promesas divinas a la luz de Romanos 11. Además, examina la traumática diáspora, el renacimiento milagroso de 1948, las guerras modernas y el alarmante repunte del antisemitismo contemporáneo. Una guía rigurosa e indispensable que culmina con la esperanza del regreso glorioso del Mesías al monte de los Olivos, ofreciendo al lector herramientas pedagógicas y pautas prácticas de intercesión para comprender, enseñar y orar con discernimiento por la paz de Jerusalén en estos tiempos decisivos.

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Israel en el corazón de Dios

Al observar un mapa del Israel contemporáneo, la impresión inicial es la de un país pequeño, casi diminuto en comparación con muchos otros estados o provincias. Sin embargo, esta percepción se transforma al analizar la Tierra Prometida desde una perspectiva bíblica. Los textos bíblicos, como Génesis 15:18 y Josué 1:4, describen un territorio considerablemente más extenso, que se extendía «desde el río de Egipto hasta el gran río Éufrates». En términos actuales, esta área incluiría regiones que hoy pertenecen a Israel como Líbano, Siria, Jordania y partes de Irak. Por lo tanto, la concepción bíblica del territorio era significativamente mayor que la del Estado moderno de Israel. La reducción de este territorio se explica por acontecimientos históricos recientes, especialmente tras la Primera Guerra Mundial.

Con la caída del Imperio otomano, las potencias europeas asumieron el control de Oriente Medio, y el Reino Unido administró la región conocida como Palestina bajo el Mandato Británico (1920-1948). Aunque la Declaración Balfour de 1917 expresó apoyo a un «hogar nacional judío», las decisiones británicas posteriores modificaron esta orientación. Durante ese periodo, el Reino Unido dividió y redefinió los límites regionales, separando aproximadamente el 75% del territorio al este del río Jordán para crear Transjordania, la actual Jordania, cediendo esa extensión a intereses árabes. Como consecuencia, el territorio disponible para el pueblo judío se redujo a una fracción de lo que indicaban los textos bíblicos y los primeros acuerdos internacionales. La comparación entre un mapa bíblico y uno actual revela una diferencia interesante: el Israel moderno ocupa solo una pequeña parte de la tierra históricamente asociada con el pueblo hebreo. Comprender este contraste es fundamental para entender no solo la geografía, sino también el trasfondo histórico, político y espiritual que ha caracterizado a la región hasta la actualidad. A pesar de estas circunstancias, ninguna otra nación ha tenido tanta relevancia espiritual, histórica y profética como Israel. Esta importancia no radica en su tamaño, poder militar o riqueza, sino en una realidad más profunda, la elección divina de Israel con un propósito eterno. Desde sus orígenes, Israel ha sido utilizado como señal de la fidelidad, el poder y el plan de Dios para la humanidad. Los acontecimientos en esta tierra no solo afectan a sus habitantes, sino que también tienen repercusiones a nivel mundial.

El comienzo de todo: el llamado de Abraham

La historia de Israel comienza con un hombre llamado Abraham. No era un rey, ni alguien famoso o importante a los ojos de los demás. Era un hombre común, pero Dios puso sus ojos en él y lo escogió para dar comienzo a un plan que trascendería su propia vida y alcanzaría a muchas generaciones. Un día, Dios le hizo una promesa que cambiaría para siempre su historia y la de sus descendientes: «Vete de tu tierra y de tu parentela... a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré... y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:1-3). En aquellas palabras había mucho más de lo que Abraham podía imaginar. Dios le estaba prometiendo una tierra, una descendencia numerosa y algo todavía más grande: que, por medio de él, su bendición alcanzaría a todas las familias de la tierra. Así comenzó la historia de un pueblo que tendría un lugar muy especial en los planes de Dios. Pero debemos entender algo importante: Dios no escogió a Israel porque fuera mejor que los demás pueblos, sino porque, en su soberanía, quiso manifestar a través de él su gloria, su amor y su fidelidad. Y aquella promesa no se limitaba únicamente a lo espiritual, Dios también le habló a Abraham de una tierra real, un lugar concreto que entregaría a sus descendientes: «A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río Éufrates» (Génesis 15:18). Se trataba de la tierra de Canaán, una región histórica en la que se encuentra el actual Estado de Israel.

Con los años, Dios volvió a confirmar aquella promesa a Isaac, el hijo de Abraham, y después a Jacob, a quien más tarde le daría el nombre de Israel. Lo que había comenzado con un solo hombre fue creciendo hasta convertirse en una gran familia y, finalmente, en un pueblo numeroso. Pasaron las generaciones y los descendientes de Abraham terminaron viviendo bajo la esclavitud en Egipto. Pero Dios no se había olvidado de ellos ni de lo que había prometido a sus padres. Llegado el momento, levantó a Moisés para sacarlos de aquella tierra y conducirlos hacia el lugar que había prometido darles. La Biblia sitúa en 430 años el período mencionado en Éxodo 12:40-41, aunque existen distintas interpretaciones sobre si corresponde exclusivamente a la estancia en Egipto o a un período más amplio. Y aquí encontramos una enseñanza que no deberíamos olvidar: Dios nunca se olvida de sus promesas. Los hombres pueden olvidar, las generaciones pueden pasar y las circunstancias pueden cambiar, pero lo que Dios ha dicho permanece. Abraham no llegó a ver con sus propios ojos todo lo que Dios le había prometido, pero eso no significaba que la promesa hubiera perdido su valor. Dios seguía obrando, aun cuando parecía que nada estaba sucediendo. Porque sus promesas no dependen del paso del tiempo, sino de su fidelidad.

Jerusalén, la ciudad escogida

Cuando Israel se estableció en la Tierra Prometida, Dios señaló un lugar clave y especial que sería el centro espiritual y nacional del pueblo, Jerusalén. El rey David conquistó la ciudad y la estableció como capital y, tiempo más tarde, su hijo Salomón edificó allí el Templo, que llegó a ser el lugar donde Dios manifestaba su presencia, convirtiéndose así en el corazón de la adoración y el símbolo más importante de la relación entre Dios e Israel. «Yo he elegido a Jerusalén para que en ella esté mi nombre, y a David para que gobierne sobre mi pueblo Israel» (2 Crónicas 6:6). Para el pueblo judío, Jerusalén no era solo una ciudad más, sino que era el lugar donde Dios había decidido poner su nombre, el corazón espiritual de toda la nación. Incluso cuando fueron llevados al exilio en Babilonia, oraban mirando hacia Jerusalén y lloraban al recordar su tierra (Salmo 137:1-6).

Israel fue escogido por Dios con un propósito, y es fundamental comprenderlo, pues Dios no lo eligió para que se sintiera superior a los demás pueblos, ya que Dios es justo y no hace acepción de personas. Lo escogió, más bien, para mostrar al mundo su poder y su fidelidad, revelar su carácter, su ley, y preparar el camino para que el Salvador, Jesucristo, naciera de ese pueblo: «Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial... No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová... sino por cuanto Jehová os amó» (Deuteronomio 7:6-8). La elección de Israel fue un acto de amor y de gracia y, a través de Israel, vino la salvación para toda la humanidad. Jesús nació en Belén, creció en Nazaret, predicó en Jerusalén, murió en una cruz y resucitó para dar vida eterna a todo el que cree en él. Por esta y otras razones que desarrollaré a lo largo de este libro, todo lo relacionado con Israel es relevante. Su historia, su papel en el plan de salvación de Dios y también su lugar como “reloj profético” de lo que está ocurriendo hoy y de lo que aún sucederá en los años venideros.

Israel como señal para las naciones.

A lo largo de la historia, diferentes naciones han desaparecido. Vemos cómo muchos imperios que parecían invencibles se quedaron en ruinas, pero Israel —aunque fue conquistado, dispersado y perseguido— ha vuelto a levantarse una y otra vez de sus propias cenizas. Eso no ocurre por casualidad, sino porque es una señal viva de que Dios cumple lo que promete: «Así ha dicho Jehová: Si los cielos arriba se pueden medir... también yo desecharé toda la descendencia de Israel...» (Jeremías 31:37). Dios ha mantenido a Israel con vida para que el mundo vea que él es fiel a su palabra. Como cristianos, no podemos ignorar lo que Dios hace con Israel y deberíamos reconocer que Jerusalén es parte de nuestra historia espiritual pues fue allí donde Jesús murió y resucitó. Jerusalén fue escenario del nacimiento de la iglesia en el día de Pentecostés, y, según la doctrina bíblica, será allí donde ocurrirán los acontecimientos escatológicos (finales) más importantes. Esto no significa que debamos idolatrar a Israel ni justificar todo lo que hace como Estado moderno, pues no todas las decisiones políticas de los gobiernos de turno son precisamente acertadas o justas, por el contrario, significa que debemos entender el lugar que ocupa en el plan de Dios y orar por la paz de Jerusalén, como nos enseña la Escritura (Salmo 122:6). No obstante, la realidad es que no debemos mirar a Israel solo como un país más en el mapa, sino como un testimonio vivo de que Dios no miente ni olvida.

A través de ese pueblo, Dios ha cumplido grandes promesas y muchas otras esperan su cumplimiento profético. De todo esto podemos aprender una gran lección: de la misma forma que Dios fue fiel a Israel, también lo será con su Iglesia. Por eso, estudiar esta historia no es solo aprender geografía o política, sino fortalecer nuestra fe en un Dios que cumple su palabra. «Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Lo que dijo, ¿no lo hará? Lo que habló, ¿no lo ejecutará?» (Números 23:19).

Jerusalén en tiempos bíblicos y de Jesús

Para comprender el conflicto actual entre Israel y los pueblos que lo rodean, no basta con observar mapas de hoy ni escuchar interpretaciones políticas que intentan explicar una realidad profundamente compleja. Hay historias que no se pueden entender solo mirando el presente, porque han sido formadas por el paso del tiempo, la memoria y lo que han …

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