
Desiderium
Siete amigos, siete pecados y un dios oculto en la niebla del bosque
by Sr. Berrio
Siete amigos universitarios. Una última acampada en los remotos bosques de Philweght. Lo que empezaba como una despedida antes de la madurez se transforma en una pesadilla de marcas viscosas y una niebla que devora la cordura. Atrapados en un círculo perfecto del que no pueden escapar, el grupo comienza a sufrir visiones de pecados que no les pertenecen. La paranoia se extiende como el aceite mientras el hambre, la ira y la lujuria afloran con una violencia inhumana. Al caer la noche, las reglas cambian: ya no se trata de sobrevivir a los monstruos del exterior, sino de participar en un juego mortal donde el único superviviente verá cumplido su deseo más profundo. Bajo la mirada de una entidad enigmática, los lazos de amistad se desintegran en una carnicería ingeniosa. En este rincón olvidado del mundo, la traición es la única moneda de cambio. Pero en un juego diseñado por un dios, la mayor sorpresa no es quién sobrevive, sino quién ha estado moviendo los hilos desde el primer momento. ¿Hasta dónde llegarías para obtener tu deseo más oscuro? Descubre la verdad en Desiderium, un descenso a los infiernos donde nada es lo que parece.
- Horror
- Literary Fiction
- Mystery
- Monster Horror
- Zombie
- Demonic
El Límite de Philweght
El cuentakilómetros del coche marcó exactamente cuarenta y cinco kilómetros cuando Hugo detuvo el motor en el arcén pavimentado. El viaje desde nuestro pueblo norteño se había sentido como una transición silenciosa, un desvanecimiento paulatino de las antenas de telefonía y los tejados de pizarra en favor de una masa forestal que parecía devorar la carretera secundaria. Philweght se extendía ante nosotros como un muro vegetal inmenso, un tapiz de robles y pinos viejos cuyas copas se entrelazaban con tal densidad que apenas dejaban pasar la luz de aquella mañana de finales de junio. El aire, al abrir las portezuelas del vehículo, nos golpeó con una extraña carga estática que erizaba el vello de los brazos, un magnetismo latente que hacía que los oídos pitasen sutilmente.
Brais fue el primero en bajar, arrastrando los pies con su habitual desgana existencial, mientras Sabela se ajustaba las gafas de sol de marca con un gesto de desaprobación instantáneo. El aparcamiento que limitaba con el bosque era un espacio desolado, una explanada de grava gris rodeada de helechos gigantescos donde no había un solo vehículo estacionado. Sin embargo, al descender para estirar las piernas, me fijé en el suelo húmedo. Había decenas de huellas de neumáticos superpuestas, marcas profundas que se hundían en el barro y daban vueltas sobre sí mismas en círculos perfectos, pero ninguna de aquellas rodadas parecía dirigirse hacia la carretera de salida. Era como si muchos hubieran llegado hasta aquí, pero nadie se hubiera molestado en emprender el camino de regreso.
—Vaya sitio muerto —comentó Lara, colgándose su cámara analógica al cuello con un crujido metálico—. Parece el escenario ideal para una película de serie B. Solo faltan los cuervos.
—No empecemos con tus rarezas artísticas, Lara —replicó Sabela, sacudiéndose una mota de polvo invisible de su impoluta chaqueta técnica—. Hugo, espero que el claro que elegiste no esté lleno de bichos ni de barro. No pienso destrozar mis botas nuevas porque no hayas sabido mirar un mapa en condiciones.
—El mapa decía que este es el mejor acceso —masculló Hugo, visiblemente tenso mientras abría el maletero con brusquedad—. Además, traemos raciones de sobra y todo lo necesario. Si nos organizamos bien, no tendremos que movernos del campamento en tres días.
Me acerqué a ellos con paso firme, manteniendo esa serenidad que siempre parecía apaciguar las tensiones del grupo. Coloqué una mano sobre el hombro de Hugo, sintiendo la rigidez de sus músculos bajo la sudadera, y le dediqué una sonrisa tranquilizadora.
—Tranquilos todos —dije, usando ese tono pausado que tanto les gustaba—. Es nuestra graduación. Hemos planeado esto durante meses para celebrar que por fin somos libres. No dejemos que la hostilidad del paisaje nos afecte antes de empezar. Philweght es un bosque magnífico si sabemos respetarlo.
Iria, que se había mantenido al margen observando las copas de los árboles con una media sonrisa enigmática, se acercó a mí y me rozó el brazo con la punta de los dedos. Su tacto era inusualmente cálido, casi febril.
—Vin tiene razón —susurró, con esa voz suave que parecía destinada únicamente a mis oídos—. ¿No sentís cómo el bosque nos acaricia? Es como si supiera exactamente lo que necesitamos antes de que nosotros mismos lo sepamos.
Marcos soltó un bufido, cargándose su enorme mochila de montaña con un movimiento violento que casi golpea a Brais. Su rostro ya mostraba ese tono rojizo tan característico de su irritabilidad contenida.
—Dejaros de poesías y vamos a movernos. Cuanto antes montemos las tiendas, antes podré abrir una cerveza y olvidarme de la facultad —dijo, dando un paso firme hacia el sendero que se adentraba en la espesura.
Eran las diez de la mañana cuando cruzamos el límite invisible entre el campo abierto y la penumbra del bosque. A medida que avanzábamos bajo el dosel de los árboles, el silencio se volvió absoluto. El cantar de los pájaros que nos había acompañado en la carretera desapareció por completo, sustituido únicamente por el crujido de nuestras pisadas sobre el manto de hojas secas y el roce constante de nuestras mochilas técnicas. La luz del sol se filtraba de manera extraña a través del follaje, descomponiéndose en haces oblicuos que creaban sombras alargadas sobre el suelo húmedo. Lo inquietante era que aquellas sombras parecían estirarse y contraerse de forma independiente a la brisa que movía las ramas superiores, como si el bosque poseyera una tridimensionalidad ajena a las leyes de la física común.
Tras una media hora de caminata, encontramos un claro que parecía ideal. Era un espacio circular, rodeado de robles centenarios cuyas raíces retorcidas emergían de la tierra como dedos que intentaran aferrarse a algo invisible. El suelo estaba cubierto de un musgo verde y espeso que amortiguaba cualquier ruido.
—Este es el sitio —declaré, dejando mi mochila con precisión ritual en el centro del claro.
Comenzamos a montar el campamento de inmediato. Yo dirigía las tareas con calma, asegurándome de que las tiendas quedaran perfectamente alineadas y los sacos de dormir bien estirados en su interior. Sabela se quejó repetidamente de la humedad del suelo y de la falta de higiene del entorno, mientras Lara la observaba a través del visor de su cámara, inmortalizando sus quejas con un desprecio silencioso. Brais trabajaba a una velocidad exasperante, clavando las piquetas con una desgana que rozaba la parálisis, mientras Hugo apilaba frenéticamente las cajas de suministros, contando las latas una y otra vez como si temiera que el bosque fuera a robárselas.
Una vez terminadas las tareas más duras, las chicas se sentaron en unas sillas plegables cerca de la entrada de la tienda principal, conversando en voz baja. Los chicos decidimos merodear por los alrededores para explorar el perímetro y recoger algo de leña seca para la noche. Nos adentramos apenas unos veinte metros en la espesura cuando Marcos, que iba en cabeza abriendo paso entre los helechos, se detuvo en seco ante un roble de dimensiones colosales.
—¿Qué demonios es esto? —preguntó, con la voz cargada de una brusquedad defensiva.
Nos acercamos al árbol. En la corteza grisácea del roble, a la altura de los ojos, alguien había dibujado una marca tosca pero precisa. Era un círculo perfecto realizado con una sustancia negra, espesa como la brea y tan brillante que parecía fresca. Al dar un paso hacia ella, un olor metálico y denso, similar al de la sangre vieja o el hierro oxidado, nos inundó las fosas nasales. Me acerqué un poco más, intrigado por la textura de la sustancia.
—Debe de ser resina quemada o pintura —dijo Hugo, tratando de sonar racional, aunque sus ojos no paraban de moverse por los alrededores del árbol—. A lo mejor la gente de la zona marca los árboles para no perderse en las rutas de senderismo. O algún grupo de niños que vino a jugar aquí.
Observé la marca con una serenidad absoluta. Extendí la mano derecha, deteniendo las yemas de mis dedos a escasos milímetros de la superficie negra. Sentí una pulsación térmica casi imperceptible. La sustancia no estaba fría como la madera húmeda; desprendía un calor latente, una vibración que parecía reaccionar a la cercanía de mi piel, estirando diminutos filamentos oscuros hacia mis dedos como si tuviera vida propia. Marcos dio un paso atrás, visiblemente incómodo por mi falta de reacción.
—No toques eso, Vin. Es asqueroso —gruñó Marcos, apretando los puños dentro de los bolsillos de su pantalón—. Vámonos de aquí. Este sitio me está dando dolor de cabeza.
—No pasa nada, Marcos —respondí, retirando la mano despacio y dedicándole una mirada reconfortante—. Es solo una marca. La naturaleza a veces produce secreciones extrañas cuando los árboles son muy viejos o sufren alguna enfermedad en la corteza. Volvamos con las chicas, se está haciendo tarde y debemos preparar la cena antes de que baje más la temperatura.
Regresamos al claro del campamento bajo una luz crepuscular que comenzaba a teñir el cielo de un tono violeta insano. La sensación de aislamiento se había acentuado; el bosque parecía haberse cerrado a nuestro alrededor, convirtiendo el claro en un escenario suspendido en mitad de la nada. Sin darle más importancia al descubrimiento, encendimos la hoguera. El fuego comenzó a chisporrotear, proyectando destellos dorados sobre nuestros rostros cansados mientras sacábamos los utensilios para preparar la primera cena, ignorando que el círculo que nos rodeaba ya no nos dejaría marchar.
La Sustancia Negra
La cena transcurrió en un silencio tenso, interrumpido únicamente por el golpeteo metálico de los cubiertos contra los platos de aluminio. Nadie tenía un apetito real, pero todos masticaban con una insistencia casi mecánica, como si quisieran aplazar el momento de irse a dormir en mitad de aquella negrura forestal. Al terminar de recoger los utensi…