El artefacto de Kh'Aelun

El artefacto de Kh'Aelun

by Neus P

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Elena Vargas es una arqueóloga brillante, meticulosa y con una reputación impecable. También tiene un pánico atroz y visceral a los ratones. El tipo de miedo que te hace subir a una silla y llamar a emergencias. Todo cambia el día que desentierra el misterioso artefacto de Kh'Aelun, una reliquia milenaria con reglas mágicas muy estrictas que ella, fiel a su arrogancia académica, decide ignorar. Esa misma noche, el mecanismo se activa y el cosmos le gasta la broma más pesada de la historia: Elena despierta midiendo apenas diez centímetros, cubierta de pelo canela, bigotes y convertida en su peor pesadilla. Atrapada en el suelo de la casa de su implacable madre, deberá sobrevivir a escobazos letales, trampas de resorte y a Pastelito, un gigantesco Maine Coon nada amistoso. Su única esperanza es Gery, un ratón de campo tan inocente como escurridizo, poseedor de un conocimiento enciclopédico de los zócalos y tuberías. Juntos deberán descifrar la magia del artefacto antes de que sea tarde, descubriendo que la verdadera supervivencia no depende de títulos universitarios, sino de la lealtad y el ingenio.

  • Fantasía urbana/ de mundo oculto
  • Comedia
  • Adventure
  • Mystery
  • Action Adventure
  • Survival

El bolsillo y la croqueta

Dicen que toda magia tiene reglas. Esto no lo digo yo, lo dice gente muy seria que escribe libros muy gordos, y la magia sin reglas no es magia, es un truco de feria. Y el universo, que será muchas cosas pero tramposo no es, lleva las cuentas con la precisión de una madre que sabe dónde está todo: el mando, tus llaves, qué examen suspendiste hace dos años y tu vida entera. El artefacto de Kh'Aelun tiene tres reglas. La primera: no debe tocarse jamás, bajo ningún concepto, ni "solo para ver y ya". La segunda: en tres mil años nadie ha leído la primera, ni siquiera el que la escribió, que la redactó y se fue a dormir. Y la tercera, que es la que de verdad manda: el artefacto siempre, siempre, acaba en el bolsillo de la última persona del planeta que no debería tocarlo. Las otras dos reglas, como comprenderéis, están de adorno.

Y aquí es donde entra Elena Vargas, que es arqueóloga. Pero arqueóloga de verdad, ¿eh? Doctorada, publicada, citada, admirada. Una eminencia. Un cerebro privilegiado con un único fallo de fábrica, una sola grieta en su sistema: musofobia, se llama. Un miedo enorme e irracional a los ratones, las ratas y los roedores en general. Pero miedo del bueno, del ancestral, del de subirse a una silla y llamar al gato, a los vecinos, a los bomberos, al ejército y a su madre. Y su madre es la que llega primero, que eso también hay que decirlo.

Aquel martes de noviembre, el cielo sobre el yacimiento arqueológico de Tell Abu Al-Dahab tenía el color grisáceo de una taza de café con demasiada leche. Elena se encontraba en el sector cuatro, rodeada de polvo fino que se le metía en las pestañas y de colegas que, según su criterio científico, apenas distinguían una vasija del Bronce Tardío de un plato de duralex de su abuela. Fue allí, bajo una capa de sedimentos arcillosos que no habían visto la luz desde que los asirios discutían por las fronteras, donde su paleta metálica tropezó con algo que no era piedra.

Era un objeto pequeñito. Raro. Rarísimo. Recorrido por unos símbolos ordenados con una lógica tan antigua que Elena, con veinte años de carrera, tres idiomas muertos y un doctorado, los miró y entendió una sola cosa: que no entendía nada. Y le encantó. Sus colegas se acercaron de inmediato, murmurando palabras como "prudencia", "protocolo" y "superstición local". Uno de los ayudantes, un chico joven que todavía creía en las maldiciones de las tumbas, sugirió con voz trémula que aquello parecía un amuleto de Kh'Aelun, una deidad menor asociada a los castigos irónicos.

"Por favor, Santiago", dijo Elena, ajustándose las gafas de pasta con un dedo impaciente y dedicándole una sonrisa cargada de condescendencia académica. "La única maldición real en esta excavación es la velocidad a la que trabajáis. Esto es un testimonio arqueológico excepcional, no un guion de película de aventuras de bajo presupuesto".

Cualquier persona con dos dedos de frente habría avisado al museo, al equipo, a los expertos del mundo entero. ¿Andar con pies de plomo? Eso es para aficionados. ¿Andar con pies de plomo? Eso es para aficionados. ¿Y qué hace nuestra doctora, nuestra eminencia, nuestro orgullo académico? Aprovechando que el equipo de la excavación está concentrado discutiendo sobre unos fragmentos de cerámica sin importancia, y con una agilidad que no se enseña en las aulas de la universidad, Elena hace desaparecer el artefacto de la mesa de registro. Sin que nadie la vea, con un movimiento rápido y disimulado, se lo guarda en el bolsillo interior de su chaqueta, bien pegado al pecho y oculto bajo la solapa, donde nadie pueda notar el bulto. Para casa sin levantar la más mínima sospecha. El método científico de toda la vida: primero me lo quedo y luego, ya si eso, lo estudiamos en privado, lejos de las garras de la burocracia ministerial.

Unas horas más tarde, Elena se encontraba en la casa de su madre, la señora Asunción, donde se hospedaba temporalmente tras su regreso de la campaña de excavación. La casa era un templo dedicado al olor a lejía, los muebles de caoba encerados hasta el delirio y una guerra declarada contra cualquier partícula de suciedad. Elena se había encerrado en su habitación provisional, un espacio decorado con tapetes de ganchillo que contrastaban violentamente con su ordenador portátil y sus cuadernos de notas.

Colocó el artefacto sobre el escritorio, justo bajo la luz directa del flexo. Al examinarlo de cerca, se dio cuenta de que la pieza no estaba hecha de piedra, ni de bronce, ni de ningún material que pudiera identificar a simple vista. Los glifos que recorrían su superficie parecían moverse ligeramente cuando no los miraba fijamente, como si jugaran al escondite con su nervio óptico. Elena soltó una risa seca, atribuyendo el fenómeno al cansancio del viaje y a la iluminación artificial.

"A ver, pequeña maravilla", murmuró para sí misma, cogiendo un bastoncillo de algodón y empapándolo en alcohol isopropílico. "Vamos a ver qué escondes bajo esta roña milenaria".

Con un cinismo que solo una doctora en arqueología puede permitirse, comenzó a frotar la superficie del objeto. Bromeaba mentalmente sobre los rituales de activación antiguos, imaginando a un sacerdote babilonio intentando encender la calefacción con un conjuro. Sin embargo, al deslizar el bastoncillo por una muesca especialmente profunda en el lateral del artefacto, sus dedos rozaron directamente el material.

El universo, que llevaba tres mil años esperando con las reglas en la mano, hizo lo que hacen todos los sistemas bien diseñados: ejecutarse sin preguntar. No hubo truenos ni música de órgano, pero el aire de la habitación se volvió denso de repente, cargado de una electricidad estática tan intensa que los vellos de los brazos de Elena se erizaron al instante. La luz del flexo y la del pasillo comenzaron a parpadear con una frecuencia rítmica y antinatural, un código Morse lumínico que parecía responder a los latidos de su propio corazón.

Elena intentó soltar el objeto, pero sus dedos parecían pegados a la superficie fría. De repente, sintió un tirón violento y doloroso en la base del cráneo, un espasmo físico que la obligó a cerrar los ojos. No fue un proceso místico ni una transición vaporosa; fue una reconfiguración biológica dolorosamente real, un colapso anatómico que desafiaba cualquier ley física conocida. Sus huesos comenzaron a crujir y a encogerse con la velocidad de un muelle liberado. Sus músculos se contrajeron, adaptándose a una escala completamente diferente.

El suelo de la habitación pareció salir disparado hacia arriba a una velocidad de vértigo. El escritorio de madera se elevó como un acantilado infranqueable. El flexo del escritorio se transformó en un faro cegador y lejano, y el mando de la televisión, que antes descansaba inocentemente sobre la mesilla, ahora se alzaba ante ella como un monolito negro de proporciones prehistóricas. El golpe contra el suelo de parqué no sonó al impacto pesado de un cuerpo humano, sino al impacto leve, seco y amortiguado de algo pequeño y peludo.

Elena abrió los ojos, aturdida. La perspectiva de la habitación era monstruosa. Intentó llevarse las manos a la cabeza para calmar el dolor de sienes, pero al levantar los brazos, lo que vio la dejó paralizada. No había dedos alargados ni uñas cuidadas. En su lugar, dos patitas diminutas, cubiertas de un pelaje canela y rematadas en garras rosadas, temblaban ante su vista. Un escalofrío le recorrió la espalda y, al girarse, descubrió una cola larga y delgada que se agitaba con un movimiento independiente de su voluntad.

Sintió que el pánico le oprimía el pecho. Abrió la boca para gritar, para pedir ayuda, para llamar a su madre, para exigir una explicación científica razonable a semejante aberración. Pero de su garganta no salió ninguna palabra en castellano. Lo único que logró emitir fue un chillido agudo, un siseo vibrante que resonó en el inmenso vacío de la habitación.

Se había convertido en un ratón. Ella, la doctora Elena Vargas, la que no podía ver un dibujo animado de roedores sin sentir escalofríos, era ahora un ejemplar de diez centímetros de pelaje canela. El artefacto había seleccionado con precisión quirúrgica su peor pesadilla.

Para empeorar las cosas, desde el final del pasillo, la voz de la señora Asunción retumbó como el trueno de un dios enfurecido. Los pasos pesados de su madre hacían vibrar el parqué, transmitiendo unas ondas de choque que Elena sentía directamente en sus nuevos y supersensibles bigotes.

"¡Elena! ¡Elena, baja un momento!" gritó la señora Asunción, golpeando el suelo con el palo de la escoba mientras avanzaba hacia la cocina. "¡He visto un bicho correr por el pasillo del fondo! Prepara la zapatilla o el insecticida, que a este paso la casa se la comen los ratones. ¡Como pille al bicho ese, se va a enterar de lo que es un escobazo!"

Elena, agazapada bajo la sombra gigantesca de su propio escritorio, tragó saliva con dificultad. Estaba atrapada en el cuerpo de lo que más odiaba, en el territorio de la exterminadora más implacable del barrio, y la guerra acababa de empezar.

Diez centímetros de tesis

El pánico tiene muchas formas de manifestarse, pero ninguna viene con manual de instrucciones. Cuando eres una persona normal, te da por respirar hondo, tomarte una tila o insultar al tráfico. Cuando eres una arqueóloga con dos décadas de carrera académica, intentas demostrar empíricamente que lo que te pasa no te está pasando. Elena Vargas, acurru

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