Primera parte - La época de la inocencia

Primera parte - La época de la inocencia

Memorias de una vida entre sombras, presagios, supervivencia y redención espiritual

by O d

18 chapterses-MX

Desde su niñez en una casona peruana cargada de apariciones inexplicables y presagios clarividentes, Hatsue aprendió que el mundo visible apenas roza la superficie de la realidad. Crecida al amparo de un padre pescador noble y dedicado, su existencia parecía destinada a la serenidad familiar. Sin embargo, una inflexible promesa de honor y las imposiciones sociales la empujan a un matrimonio asfixiante con Toru, un hombre cruel que transforma su hogar en un infierno de violencia, humillaciones y constante zozobra. Enfrentando el asedio homicida y huyendo entre espinas con su hijo en brazos para preservar la vida, Hatsue desafía la adversidad hasta consolidarse como una valiente empresaria. Pero las pruebas apenas comenzaban. Tras esquivar la muerte en brutales accidentes y resistir el asedio de pretendientes implacables, una dolorosa enfermedad la conduce hacia una milagrosa sanación mística, revelándole portales astrales donde el tiempo mismo llega a congelarse. Primera parte - La época de la inocencia es un testimonio estremecedor y luminoso sobre la resistencia del espíritu femenino, el poder del linaje paterno y la trascendencia del verdadero amor del alma.

  • Non-Fiction
  • Literary Fiction
  • Memoir
  • Biography
  • Women's Fiction
  • Grief & Loss

¿Bailarina?

Vivíamos en una enorme casona. La planta baja albergaba la sala, el comedor, la cocina y un cuarto de baño con ducha. Al segundo piso se accedía por una escalera exterior que partía desde la sala; allí se encontraba una inmensa habitación que nos servía de dormitorio. Contigua a esta, había otra alcoba cuya puerta permanecía clausurada con gruesos tablones de madera. A través de la pequeña abertura del cerrojo, mi curiosidad de niña me empujaba a espiar casi a diario: el interior se había convertido en un desván atestado de muebles, donde incluso asomaba una vieja prenda de vestir desde el fondo de un baúl. Así lo encontramos al mudarnos, y mi padre nunca quiso ni permitió que se abriera esa puerta.

La finca era monumental. Mucho tiempo después le pregunté a mi padre por sus dimensiones. «Diez mil metros cuadrados, hija», fue su respuesta.

Se ingresaba a la propiedad por una puerta principal. A unos metros de la entrada, se alzaba un enorme portón de madera que daba acceso a un patio adyacente, seguido por seis corrales para aves y, finalmente, un jardín. ¡Un inmenso jardín flanqueado por árboles frutales! Debajo de la escalera que conducía al segundo piso, había un pozo de agua sorprendentemente profundo. Los vecinos venían a sacar agua todos los días. Mis padres lo permitían de buen grado: «El agua es un regalo de Dios y debemos compartirla», decían. Por esta razón, el gran portón permanecía abierto hasta las seis de la tarde, hora en que uno de los empleados de la casa tapaba el pozo y procedía a cerrar el portón. Era un acto diario, casi un rito ancestral. Una cerca de dos metros de altura resguardaba la privacidad de la finca, aislándola del mundo exterior.

Más allá del patio, una puerta comunicaba con los seis corrales, donde convivían patos, palomas y gallinas. Y después… ¡el jardín! Un edén de césped verdísimo, bordeado de manzanos, duraznos, perales, naranjos, higueras y, al fondo, ¡vides repletas de uvas! Había flores silvestres, mariposas, libélulas, pájaros y abejas. ¡Era un sueño! Me fascinaba atrapar y observar a los escarabajos; eran mi mayor deleite. Pasaba las horas recolectando flores, corriendo tras las mariposas, intentando atrapar algún pájaro con mis propias manos. Arrancaba la fruta de las ramas, la limpiaba y me la comía allí mismo.

—Ten cuidado —me repetía constantemente mi madre, que siempre vigilaba mis movimientos.

Yo era la hija mayor. Me seguían mi hermanita de cinco años, mi hermanito de tres, y el bebé de apenas unos meses. Mi padre era agente viajero; la guerra lo había despojado de todas sus propiedades, pero ahora, por fin, era tiempo de paz y de trabajo. En la casa contábamos con el apoyo de tres empleados: dos mujeres y un hombre. Entre nosotros siete y ellos tres, la casa siempre estaba llena de vida. Además, recibíamos constantes visitas de amigos y familiares.

Era un día nublado. La noche anterior, habían llegado para pasar unos días dos primas de mi madre: las tías Toshiko y Sadako obasan. Después de desayunar, mi madre y mis tías nos propusieron salir a jugar.

—Nos vamos a divertir mucho en el jardín. Hay duraznos —nos dijo mi madre.

—¡Qué bueno! —respondimos los niños, mientras yo empezaba a dar saltos de alegría.

Vi cómo mi tía Toshiko comenzaba a caminar hacia el jardín. Dejé de saltar al instante; quería ir tras ella. Me encantaba jugar con mis tías, era divertidísimo. Ellas me habían enseñado a jugar a saltar como las ranas, a saltar la soga, a jugar al otedama, a bailar, a las escondidas y a la ronda. ¡Qué tiempos aquellos! Era una niña completamente feliz.

Empecé a correr tras la tía Toshiko, cuando de pronto:

—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! —escuché su voz, un grito desgarrado por el espanto.

Al avanzar, vi que señalaba aterrada hacia uno de los corrales. Llegué junto a ella, dirigí la vista hacia donde apuntaba su mano temblorosa, y lo que vi me hizo temblar de miedo, a pesar de mi corta edad. ¿Era terror? ¿Era sorpresa? No era una sombra ni una figura informe; era, exactamente, una bailarina de ballet. Llevaba un tutú verde esmeralda que le llegaba hasta las rodillas, zapatillas verdes y una cinta del mismo tono ciñendo su cabello. Giraba y giraba sobre las puntas de sus pies, dirigiéndose hacia el fondo del corral. Danzaba veloz, rauda, casi etérea. Y de repente, sin dejar de girar, comenzó a desvanecerse atravesando la sólida pared del corral, hasta desaparecer por completo.

No pude emitir un solo gemido. El miedo me abandonó, reemplazado por la incomprensión; mi mente infantil no lograba asimilar lo que estaba sucediendo. Solo conservaba grabada la imagen de aquella figura que danzaba, giraba y se perdía en el muro.

Atraídos por los gritos de terror y el llanto de mi tía —que entonces tenía veintiún años—, llegaron corriendo mi madre y los demás empleados. Todas las aves de aquel corral estaban apiñadas, aterradas, en el rincón opuesto. Ya no había nada más allí.

—¿Qué sucede? —preguntó mi madre, alarmada.

—Lo viste tú también, ¿verdad? —me interrogó mi tía, mirándome a los ojos.

—Sí, yo también vi a la bailarina de verde —respondí en un susurro.

—Cálmense y cuenten qué ha pasado —pedía la tía Sadako.

—¡La bailarina! ¡La bailarina! —repetía la tía Toshiko, ahogada en llanto—. ¡Había una bailarina dentro del corral, y desapareció por aquella pared!

—Sí, es verdad. Yo también la vi —volví a afirmar.

—Vamos adentro de la casa —ordenó mi madre.

La tía Toshiko tardó muchísimo tiempo en recobrar la serenidad para poder comentar lo sucedido.

—La visión, o lo que fuera, la vimos las dos —explicaba a los demás.

¿Qué fue? ¿Quién era? ¿Qué quería? ¿Por qué apareció en aquel corral y no en el inmenso jardín? ¿Cómo y por qué desapareció a través de un muro de piedra?

Han transcurrido casi cincuenta años desde aquel día, y hasta hoy lo recuerdo con una nitidez asombrosa, como si hubiese ocurrido ayer. Lo que vimos fue una figura humana, danzando de puntas, que se esfumó en el aire. (Yo tenía casi siete años en ese entonces). El comentario general en la casa fue que se trataba de un fantasma. Pero, ¿qué fue en realidad? ¿Un fantasma? ¿Un viajero a través del tiempo? ¿Y por qué fuimos nosotras dos las únicas capaces de verla? No hay respuestas. Nunca las hubo.

De repente, el cielo nublado se abrió y el sol brilló con fuerza, resplandeciente. Sin embargo, ese día ya nadie quiso salir a jugar al jardín. Por la tarde, encendimos una fogata en el patio. A su alrededor, compartimos conversaciones, teorías y comentarios en voz baja. Tardaríamos muchos días en olvidar lo sucedido.

Esa noche nos acostamos tarde, muy tarde, esperando a que mi padre regresara de su viaje. En mi memoria, aquella fogata aún sigue encendida...

—Vamos a ver, soy todo oídos —dice mi padre, sentándose a escuchar nuestra historia.

Mientras tanto, el sueño comienza a invadirme...

Premonición

Los días transcurrían y yo era inmensamente feliz. Tenía a mis padres, a quienes adoraba con toda mi alma, y a mis tres hermanos menores. Sentía el profundo amor que mis padres nos profesaban, cómo nos cuidaban y nos consentían. Yo era, por supuesto, la mayor y la más consentida de todos; ¡lo sabía muy bien! Nuestra vida era tranquila y serena, div…

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