Epitafio Para La Razón

Epitafio Para La Razón

La duda: el único altar eterno donde colisionan la locura, la fe y la razón

by Tamara J Mazorra

14 chapterses-ES

El fuego no siempre destruye: a veces despoja al mundo de sus vendas más crueles. Cuando las llamas devoran el manicomio provincial, los expedientes clínicos y los diagnósticos médicos quedan reducidos a cenizas. Isabel Romero escapa entre el humo con las manos intactas y visiones que desafían la realidad. En una urbe asfixiada por el dogma de la lógica y la anestesia emocional, su risa desata una herejía luminosa: ¿y si la cordura no fuera más que el arte cobarde de no querer ver? Tomás Jiménez, implacable director psiquiátrico, moviliza a sus brigadas de sedación para contener el brote. Mientras tanto, un anciano místico y un científico consumido por enigmas matemáticos ven cómo los límites del cosmos se resquebrajan al paso de Isabel. En un choque brutal de certezas, las leyes físicas se agrietan al contacto con el dolor humano reprimido. «Epitafio Para La Razón» es una obra deslumbrante de fantasía oscura y narrativa lírica sobre el duelo, la rebeldía del espíritu y el misterio indestructible de la existencia.

  • Literary Fiction
  • Fantasy
  • Dark Fantasy
  • Character Study
  • Grief & Loss

Ceniza y diagnósticos

El cuero viejo cedió con un chasquido sordo, como el tendón reseco de una res sacrificada a destiempo. Isabel Romero apartó los brazos del armazón de hierro, sintiendo la caricia del óxido contra sus muñecas desolladas. Durante doce inviernos, aquellas correas habían sido su único horizonte, la medida exacta del castigo impuesto por hombres pulcros que anotaban su llanto en hojas cuadriculadas. Pero esta noche el aire olía a hollín y a tiempo acumulado. En las entrañas del Pabellón de Aislamiento, el calor no provenía de las calderas de carbón, sino de la médula de sus propios huesos, de una furia macerada entre esponjas empapadas en salitre y electrodos que jamás consiguieron vaciarle la cabeza.

Abajo, en el archivo clínico, el fuego ya mordía las carpetas de cartón beige. Ardían los folios sellados, los diagnósticos redactados con pluma fina y las actas de internamiento que la definían como un cuerpo defectuoso y prescindible. El humo denso, cargado de papel consumido y tinta achicharrada, subía por los respiraderos como una lengua negra que lamía el techo abovedado. Isabel se puso en pie sobre el jergón. Los jirones de la lona blanca colgaban de sus hombros como un sudario roto, revelando las cicatrices pálidas que cruzaban su torso, marcas circulares de descargas pasadas y arañazos que ella misma se infligió para recordar que todavía habitaba una piel viva.

En el pasillo, los pasos apresurados resonaban con un eco metálico. Tomás Jiménez empuñaba su portapapeles de zinc como si aquel pedazo de chapa pudiera interponerse entre su cordura y el colapso del manicomio. Vestía su bata blanca bajo un abrigo oscuro desabrochado, con las solapas impregnadas del hedor a goma quemada. A su lado, dos celadores sostenían porras de goma y linternas cuyos haces temblaban sobre los muros desconchados.

—¡Traed las ampollas de clorpromazina! —gritó Tomás, deteniéndose frente a la bifurcación de la galería tercera—. Dosis dobles. No podemos permitir que el ala este se contagie. Hay que sedar a todos los internos antes de que el pánico derribe las rejas perimetrales.

—Doctor, las mangueras no tienen presión —respondió uno de los empleados, tosiendo con violencia—. El cuadro eléctrico ha reventado en el sótano. El fuego no obedece al agua.

Tomás apretó las mandíbulas y consultó su reloj de bolsillo; la manecilla de los segundos parecía arrastrarse con una lentitud enfermiza. No era una combustión ordinaria. Aquel resplandor no crepitaba con el chasquido seco de la madera, sino con un zumbido grave, casi musical, que vibraba en el empaste de sus muelas. El humo negro comenzaba a formar remolinos en las esquinas de los techos altos, oscureciendo las bombillas enjauladas que parpadeaban como ojos agonizantes.

Un crujido prolongado recorrió la hilera de celdas. Isabel caminó hacia la puerta maciza de su celda. No tocó el pomo; apoyó apenas la palma sobre la madera carcomida, dejando que el latido de sus sienes se transmitiera a las vetas muertas. El cerrojo de hierro forjado emitió un gemido pastoso, la cerradura comenzó a enrojecer hasta tornarse blanda como cera caliente y el pestillo resbaló sin que ninguna llave girase en su interior. La hoja se abrió hacia fuera con un chirrido que hizo enmudecer a los celadores.

A lo largo de toda la galería, los goznes de las demás habitaciones comenzaron a ceder uno tras otro. Los pasadores metálicos caían al suelo con estrépito, deformados por un calor invisible que respetaba la piel pero doblegaba el acero. Rostros desencajados por años de encierro se asomaron a la penumbra: hombres consumidos por la apatía farmacológica y mujeres cuyos dientes castañeteaban de puro estupor. Ninguno gritaba. Todos miraban hacia el fondo del pasillo, donde la figura de Isabel emergía entre las volutas de ceniza.

Avanzaba descalza. Las baldosas de cerámica quebrada estaban ardiendo, pero las plantas de sus pies no dejaban rastro de ampolla ni quemadura; solo hollín que se desprendía a cada paso como polvo de carbón. Las tiras de su camisa de fuerza ondeaban a su espalda, azotadas por una corriente que no venía de las ventanas rotas, sino de su propio pecho. Llevaba el pelo enmarañado, surcado de hebras grises que semejaban constelaciones frías sobre un cielo sucio, y sus ojos brillaban con una intensidad seca, ajena a cualquier lágrima.

—¡Atrás! —bramó Tomás, abriéndose paso entre sus hombres y plantándose en el acceso al patio de calderas—. ¡A vuestras camas! ¡Estáis sufriendo un episodio disociativo colectivo!

Los celadores intentaron levantar las porras, pero los brazos les cayeron a los costados, entumecidos por un cansancio súbito. Isabel ni siquiera redujo el paso. Miró a los guardias con un desdén sereno, y los hombres retrocedieron hasta aplastarse contra las paredes tiznadas, incapaces de sostenerle la mirada. Pasó junto a ellos como quien cruza un trigal segado, oliendo el sudor rancio de su miedo.

Tomás no se apartó. Con una mano temblorosa extrajo del bolsillo de su abrigo una jeringuilla de cristal con émbolo metálico, cargada con una solución turbia de sedante. El metal de la aguja relucía bajo la luz anaranjada del incendio que ya asomaba por el ventanal del patio.

—Has perdido el juicio, Romero —dijo él, con la voz quebrada por el humo pero cargada de una autoridad desesperada—. Eres una enferma terminal. Si cruzas esa puerta, morirás de frío o te abatirá la guardia en la calle. Vuelve a la sujeción. La medicina aún puede salvarte de ti misma.

Isabel se detuvo a dos varas de él. Tomás sintió el golpe de calor que manaba de su cuerpo, un aire espeso que olía a ozono, a sangre seca y a lluvia que nunca termina de caer. En el rostro de ella no había rabia vulgar, sino el reposo terrible de las cosas que ya no pueden romperse más.

—El mundo entero es un hospital de techos bajos, Tomás —dijo ella, con una voz rasposa que parecía arrastrar piedras de río—. Y vosotros sois los enfermos que custodian las camas para no tener que mirar la noche.

Tomás dio un paso al frente, alzando el brazo para clavar la aguja en el cuello descubierto de la mujer, pero los ojos de Isabel se encendieron con un fulgor azul, metálico y punzante como una descarga de electrochoque invertida. Una vibración aguda atravesó el aire del corredor y estallaron las tulipas de cristal de las farolas del patio en una lluvia de esquirlas brillantes. El estampido arrojó al médico de espaldas contra un montón de escombros ardientes. La jeringuilla rodó por el suelo hasta quebrarse bajo una viga carbonizada, derramando su líquido lechoso sobre la ceniza.

Tomás tosió, apoyando las manos en el suelo ennegrecido mientras sentía el ardor de los cascotes atravesar la tela de sus pantalones. Levantó la vista con pavor. Isabel no corría. Caminaba con una calma espantosa entre las maderas que caían deshechas en ascuas. Una viga encendida se derrumbó a su paso, pero las chispas se desviaron antes de rozarle los hombros, como si el fuego reconociera en ella a su dueña legítima.

Cruzó el patio central hacia la gran verja de hierro forjado que separaba el manicomio del arrabal exterior. Los barrotes, coronados de púas defensivas, estaban cerrados con tres cadenas gruesas y un candado de aduana. Isabel apoyó ambas manos sobre la reja. El metal gimió con un alarido agudo; las argollas se dilataron hasta abrirse como eslabones de plomo derretido y cayeron sobre la grava con golpes sordos. Las dos hojas de la cancela se abrieron de par en par, cediendo ante la noche fría de la ciudad.

A lo lejos, comenzó a aullar la sirena municipal desde la torre de la prefectura. El gemido mecánico subía y bajaba, alertando a los barrios obreros de una catástrofe que ningún parte oficial sabría nombrar. Tomás logró ponerse en pie, sujetándose el costado magullado contra el marco de una puerta calcinada. Vio la silueta descalza de Isabel franquear el umbral del recinto, dejando tras de sí un sendero de huellas grises en el barro de la calzada. Su figura se recortó un instante contra las chimeneas humeantes de las fábricas y luego se disolvió en la oscuridad profunda de los callejones, libre al fin del diagnóstico de los hombres.

El altar de la grieta

El lodo del arrabal tragaba las pisadas descalzas de Isabel, tiñéndolas con una costra de grasa mineral y limalla. El Barrio de las Fundiciones respiraba mediante chimeneas truncadas; moles de ladrillo cochambroso que arrojaban bocanadas de vapor oxidado sobre los tejados de chapa. No había farolas encendidas en aquellos andurriales. La penumbra se…

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